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Riverita

mujeres, hasta las mássensatas, les gusta tener una corte de adoradores... aunque sean
unostontos, ¿sabes?... Pero ya se irán cansando... ¿Has reparado lospantalones de don
Ladislao el catedrático?... lo mismo que unas sayas...Anita y yo nos mirábamos y
apenas podíamos contener la risa; ¡pobreseñor!... El coronel no es feo, pero tampoco
sabe llevar con gustonada... ni las patillas.»
Hablando de sus proyectos y murmurando de esta suerte llegaron hasta lapuerta de
casa. Después de gritarle un rato, vino el sereno a abrirles yles acompañó con el farol
hasta el piso principal. Allí el criado, mediodormido aún, les entregó a cada uno la
llave de su cuarto y sedespidieron hasta el día siguiente.
El tío Manolo, sereno, majestuoso, semejante a un dios, se fue adescansar,
meditando como Ulises la muerte de los pretendientes.
XI
Desde que Miguel encargó la gestión de sus negocios al tío Manolo (y lohizo pocos
días después de haber pasado lo que acabamos de narrar), novolvió éste a sentir en su
alma aquel noble impulso que le arrastraba arendir culto a los dioses lares. Quizá
juzgaba incompatible el cargo detutor diligente con los deberes que impone el yugo
matrimonial, yprefería sacrificar en provecho de su sobrino los placeres inefables
conque la familia le brindaba. Verdad es, que procuró honradamentedesquitarse
aplicándose con laudable asiduidad a los goces propios delsoltero. No le fue a la zaga
en esto Miguel, estimulado con su ejemplo:ambos comenzaron a darse vida de
príncipes disfrutando alegremente delos siete mil duros de renta que el brigadier había
dejado; teatros,bailes, paseos, cenas a última hora, partidas de juego y de caza,
nochesde amor y de crápula, de todo gozó el héroe de nuestra historia en loscuatro
años que siguieron a la muerte de su padre. Su inclinación alestudio sufrió notable
menoscabo durante este tiempo; sin embargo,terminó la carrera con regular
lucimiento. Una vez en posesión deltítulo de abogado, no volvió a abrir un libro de
derecho; los momentosque el placer le dejaba libre consagrábalos a la lectura de
obrasamenas, lo cual era también un placer.
Al llegar a la mayor edad le vino la idea de pedir cuentas a su tío:había observado
en los últimos tiempos ciertas dificultades tocantes alnúmerario, que le hicieron entrar
en sospechas. Las cuales tuvo elsentimiento de ver convertidas en certidumbres: su tío
y él se habíangastado en los cuatro años, no sólo la renta anual de siete mil duros,sino
el capital correspondiente a cincuenta mil reales que estabacolocado en acciones del
Banco y papel del Estado: no le quedaban másque tres fincas urbanas.
Al saberlo tuvo un fuerte altercado con su tío, le recriminó con durezasu
negligencia y le dirigió algunas palabras ásperas: el pobre D. Manuelapenas supo
defenderse: quedose cortado y confundido, murmurandotorpemente algunas
 
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