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Riverita

angustiosa situación, se levantó depronto y dijo con voz alterada, que se le había
olvidado dar un recado aun amigo, que le dispensasen un momento, que no tardaría en
volver.Viéronle marchar todos con cierta sorpresa a causa de su manifiestaturbación:
en la risa que se dibujó en la cara del ex-gobernador, quisoadivinar Miguel que había
atribuido la salida a algún malestar delcuerpo. No tardó siquiera media hora en entrar:
traía puesta otralevita, el rostro se le había serenado por completo y se mostró
enseguida tal cual era: jovial, divertido, siguiendo durante toda la nochede un humor
excelente.
Cuando a las doce, poco más o menos, se deshizo la tertulia y salieron,cogió del
brazo a Miguel y le preguntó alegremente:
—¿Qué te parece de Anita?
—Es una señora muy amable.
—Bien conservada, ¿eh?
—Sí; para su edad...
—¿Cómo para su edad? No vayas a figurarte que es una vieja... Después,muy
distinguida, ¿verdad?
Y bajando la voz y acercando la boca al oído del sobrino añadió:
—¡Ciento cincuenta mil duros en casas, y acciones del Banco!... ¿Hedicho algo
Miguel?
No necesitó éste tirarle mucho de la lengua para averiguar sus planes.Acometido de
súbito deseo de expansión, D. Manuel le abrió enteramenteel pecho. Hacía tiempo que
«le estaba poniendo los puntos» a Anita. Eldeseo de formar una familia que nunca
sintiera en su vida, habíaconcluido por enseñorearse de su alma. «Qué cosa más rara,
¿eh Miguel?Al llegar a cierta edad, todos caemos. Es una ley providencial.»—Pero
aél ya no le convenía una chiquilla: necesitaba tranquilidad en casa; unamujer
formal.—«Fuera de casa, todo lo que tú quieras; yo no soy unsanto, y aun después de
casado, no diré que alguna vez no saque lapierna por debajo de la manta... Pero el
hogar... el hogar, chico, esuna cosa muy sagrada.» Analizó después el carácter de
Anita, un pocoseco en ocasiones y hasta irritable; pero en el fondo cariñoso
yexpansivo como pocos; una mujer muy sensata, muy seria en todas suscosas y de un
corazón inmejorable. Cuando llegó al capítulo de los quepretendían disputarle su
mano, el coronel, el ex-gobernador y elcatedrático, se dibujó una sonrisa de lástima en
sus labios: habló deellos con desdén olímpico.—«Unos pobres mamarrachos, Miguel;
ningunotiene pizca de mundo ni sabe lo que es sociedad, ni se ha visto jamás entales
trotes: así que sin poderlo remediar enseñan la oreja a cadainstante. Anita, que es muy
lista, bien lo nota y se ríe de ellos; si nolos despide de una vez es porque a todas las
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