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Riverita

aunque guardando odio profundo,no sólo a Miguel, sino a la memoria de su marido;
éste se había vengadocumplidamente de trece años de suplicio.
El curador que en el testamento le dejaba era su tío Bernardo, elecciónque le
mortificó un poco, porque jamás había logrado simpatizar con él.El temperamento
inquieto y el espíritu sarcástico del sobrino secompadecían muy mal con la gravedad
y el sosiego y el perfectoequilibrio intelectual y moral del tío. D. Bernardo le trataba
conafectado desdén, no concediendo importancia alguna a sus triunfosuniversitarios;
parecía decirle con el gesto, ya que no con la palabra:«Apesar de esas notas y esos
estudios filosóficos, nunca serás un hombrerespetable.» Sin embargo, en este desdén
mezclábase un poquito de miedo,el miedo que profesan generalmente los hombres sin
ingenio a los que lotienen: estaba siempre en guardia, temiendo que Miguel le hiriese
conalguna de sus salidas habituales, y para evitarlo se mostraba con él másserio y más
reservado que con los demás.
Por otra parte, se habían pasado ya bastantes días desde elfallecimiento del
brigadier, y el tío Bernardo sólo había ido a hacerleuna visita, y en ella no le habló de
intereses, ni se dio por entendidodel cargo que la voluntad del finado le imponía.
Miguel sospechó que notenía ganas de ser su tutor: lejos de disgustarle esta sospecha,
lecausó verdadera alegría y se propuso verificarla pronto, y aun ponertodos los
medios por convertirla en realidad. Una mañana salió de sucasa en dirección a la de
su tío, dispuesto a tener con él unaconferencia y resolver de una vez el problema de la
gestión de susintereses. D. Bernardo seguía viviendo en la casa de la calle del
Prado,de su propiedad. El criado, en vez de dejarle pasar buenamente, portratarse de
un pariente tan cercano de los señores, le introdujo, comosiempre, ceremoniosamente
en el salón, y le mandó esperar.—«Empieza lacomedia»—dijo Miguel para sí
sonriendo. Y sin hacer caso del ruego dellacayo, luego que éste se fue, salió del salón,
y subiendo la escalerainterior, se fue derecho al cuarto de su primo Enrique. Era la
únicapersona con quien simpatizaba en la casa, si se exceptúa también su tíaMartina,
a quien siempre había profesado sincero cariño. Enrique sehabía preparado para tres o
cuatro carreras especiales, y en ningunahabía logrado ingresar. Por último, y para
tener siquiera alguna, sedecidió a entrar en la Academia de Infantería: a la hora
presente eraalférez de este cuerpo, de reemplazo, sin vestir jamás el uniforme, quele
parecía ridículo, viviendo en la corte como un señorito rico, gozandode todos los
placeres y singularmente de los toros, que era su aficiónpredilecta, casi una manía.
Los papás habían pasado muchos disgustos porsu causa: era la única nota que
desafinaba en el concierto casero. Cadavez que le traían a D. Bernardo la noticia de
una nueva calaverada, deun nuevo suspenso, se ponía a las puertas de la muerte,
dejaba de comer,de hablar, de fumar, y se pasaba dos o tres días dando paseos por
elcorredor y lanzando de vez en cuando unos ayes sofocados, quetraspasaban el
corazón de su fiel esposa doña Martina.—«Distráete,hombre; no pienses más en ello:
vas a enfermar, y primero eres tú queél... Además, no todos los chicos han de ser
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