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Riverita

filosofía. Era el terror del bibliotecario, pues letraía constantemente en ejercicio,
encaramado sobre los armarios. Unavez en posesión del libro apetecido, nuestro
mancebo corría a sentarseal lado de la chimenea y se dejaba tostar las pantorrillas,
mientras elcerebro navegaba por los mares ignotos de la metafísica; primerofaltaría el
sol en su carrera, que nuestro estudiante en una de lasbutacas de terciopelo carmesí
del Ateneo. Al llegar el mes de octubreempezaba éste a poblarse, y sus pasillos a
rebosar de campeonesliteratos y filósofos que noche y día se ejercitaban en el arte de
ladiscusión; no sin detrimento de los tímpanos de otros socios máspacíficos. Al
mismo tiempo se abrían la cátedras donde se explicaban lasmaterias más
indispensables para la vida: los orígenes de los pueblossemíticos; examen del código
Gregoriano; el hombre en el terrenoterciario, etc., etc. En la sesión de ciencias
morales se debatíanarduos e interesantes problemas: en la de literatura se leían versos
tanarduos, aunque menos interesantes.
Una noche al levantarse la sesión, Miguel sintió que le tocaban en elhombro; era
Valle, el marido de su prima Eulalia, uno de los oradoresmás importantes a la sazón,
no sólo del Ateneo, sino también delCongreso. Los años habían arrancado a su rostro
aquel tinte afeminado ypoético de que hemos hecho mención y se lo habían dado más
varonil,trasformándolo en un hombre hermoso y distinguido; gastaba largosbigotes,
donde brillaba ya tal cual hebra de plata; vestía con refinadaelegancia y continuaba
sonriendo con dulzura a cuanto le decían. Por lodemás, hacía ya tiempo que era
moderado, y de los más intransigentes;había sido gobernador en varias provincias y
diputado en doslegislaturas. Desde algunos años antes, los niños a cuya
protecciónhabía dedicado tantos desvelos yacían abandonados a sus propias fuerzas,lo
mismo que los negritos. De aquella fervorosa manifestación deentusiasmo
democrático y tierna sensibilidad, sólo quedaban en laslibrerías de viejo algunos
residuos acusadores. En varias de ellas solíaverse todavía algún folleto abolicionista
de Valle con sucorrespondiente negrito aherrojado en la cubierta, las manos
levantadasal cielo en demanda de justicia. Ningún transeúnte le hacía caso, y eramás
que probable que así se estuviese de rodillas hasta que fuese aparar más tardé o más
temprano al montón del papel inútil; el mismoValle, al cruzar por delante de él, solía
apartar los ojos condesprecio, no exento de rencor. El negrito auténtico, esto es, el
decarne y hueso que asistía a los banquetes abolicionistas, hacía yatiempo que había
desaparecido de Madrid sin que nadie supiese dóndehabía ido a parar: tal vez cansado
y ahíto de las comidas sentimentales,se hubiera marchado al África a reponer el
estómago con los platos másnutritivos de la cocina antropófaga.
—Oyes, Miguel, ¿tienes noticia de tu familia?—le dijo con amableentonación, pero
rápidamente, como si le llamasen en otra parte ytuviese muy poco tiempo que perder.
—No señor; hace una porción de días que no tengo carta de papá; hoy lehe escrito
otra vez...
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