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Riverita

que las composiciones y las traducciones se sacaban conayuda de vecinos, no quisiera
equivocarme, pero tuvo un verdaderoalegrón, porque veía confirmado su juicio:
«¡Hola! ¿conque Bullita se hadignado tenderte su mano protectora? ¡Oh generoso
niño!... Ven aquí,Bullita... declíname generoso puer.......... y tú, Brutandor,declíname
asinus.......... a un tiempo.» Y en verlos ir declinando avoces formando algarabía
holgábase D. Juan y se divertía la clase.
Este capellán era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasión deconocerle
muy bien, porque le mostró predilección desde el principio,aunque no dejaba por eso
de castigarle duramente y a menudo; en losúltimos años de la segunda enseñanza
llegó a ser su favorito, y hasta letrajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas
confidencias, ygustaba de charlar con él, o, más propiamente, murmurar del personal
delcolegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tenía un amor
propioexagerado; presumía de todo lo que un hombre puede presumir, hasta deguapo,
pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa.Nada había que le
placiese tanto como enseñar los músculos del brazo ylos tendones, y ponerlos
contraídos y tiesos. Los demás eran hombresafeminados por los vicios; sólo
conservándose puro como él, no bebiendomás que agua, no tomando café y huyendo
de las porcuzas (las mujeres),se podía llegar a tal robustez, energía, ánimo y
hermosura.
No obstante el cariño que Miguel tenía a su amigo Mendoza, no dejaba dejugarle
algunas pasadas. Había notado que el capellán era muy aficionadoa las palabras
terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y queexperimentaba cierto deleite
pronunciándolas; a cada momento decíaexamen, o resumen, o dictamen, y a veces
traía poco apropósito algunasraras, y que no eran muy castellanas, como el velamen
de los barcos, elcacumen, etc. Pues bien; preguntándole un día a Mendoza cierto
punto queno traía el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rápidamente aloído:
«Di que no lo trae el textumen.» El infeliz, que estabaatortolado, lo repitió sin fijarse,
y..... ¡aquí fue ella! D. Juan,pensando que uno y otro se burlaban de él, les dio a
entrambos unacorrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba
yreía a un mismo tiempo. En otra ocasión el hijo del brigadier, quedormía en la
misma sala que Mendoza, se levantó por la noche, y con unpedazo de nitrato de plata
que se había procurado, le pintó las manosmientras se hallaba dormido. Al día
siguiente Mendoza le preguntó muyapenado lo que serían aquellas manchas. Miguel
quedose grave y pensativoy le contestó:—«Mientras estén en las manos me parece
que no tienenmucha importancia; pero oí decir a mi padre que si salen en la cara
esmuerte segura, porque manifiesta que la sangre está corrompida; un tíomío se murió
de esa enfermedad.» Con estas noticias se quedó Mendoza másapenado aún. Por la
noche no dejó Miguel de pintarle tres o cuatromanchas en el rostro, con lo cual, al
verse por la mañana en el espejo,comenzó a dar tales gritos y a proferir tales
lamentos, que acudió eldirector y algunos profesores. Enterados del caso y hechas
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