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Riverita

despreciable papel que desempeñaba cerca de ella; perouna adoración ciega y
frenética que le hacía soñar noche y día, le teníafatalmente encadenado. Los malos
tratos de su ídolo, eran un alicienteque comunicaba sabor más exquisito a los deleites
que disfrutaba.Aquella dependencia absoluta en que estaba, aquel temor y zozobra en
quevivía, ejercían sobre él cierta suave fascinación, un encantoirresistible. Después de
gustarlo, por nada en el mundo quisiera que sudueño cambiase de condición y
templase sus rigores.
Ni se crea tampoco que los castigos de Petra le produjesen mucho dolor.Al
principio le hicieron llorar, más por la humillación que por suefecto físico; pero más
tarde halló en esta misma humillación una nuevafuente de dulces y halagüeños
placeres. Por una aberración que anosotros sólo nos toca hacer constar, los golpes de
aquellos brazostersos y mórbidos, en vez de causarle dolor, evocaron en su
naturalfogoso un mundo de ignotas voluptuosidades. Y desde entonces, no sólolos
sufría con resignación, pero aun llegó a provocarlos con astucia,contrariando a su
terrible dueño hasta verlo fuera de sí. ¡Oh, cuando seirritaba, era Petra una mujer
realmente hermosa! Sus mejillas secoloreaban fuertemente, los labios se encendían,
las narices sedilataban, los ojos adquirían una expresión de olímpico orgullo, y todosu
cuerpo se estremecía al soplo de la ira. Miguel permanecía aterrado,y al propio tiempo
embelesado ante ella. Cuando la iracunda planchadorale estrujaba entre sus manos,
sentíase poseído de espanto, de amor, derespeto y de gozo, lo mismo que los héroes
de la gentilidad cuandoincurrían en el desagrado de alguna de sus diosas, tan bellas
comoterribles y vengativas. Caía de rodillas a sus pies pidiendo perdón, yse los
abrazaba y besaba temblando de terror y voluptuosidad. La diosa,vencida de tanta
humildad, solía tenderle una mano y levantarlehaciéndole jurar que no volvería más a
quebrantar sus preceptos. De muybuen grado lo haría Miguel si no se huyeran de este
modo los misteriososdeleites que gozaba en sus enojos.
Finalmente, también llegó a aburrirse la regia planchadora de ejercer unmando tan
despótico; que la mujer, como dicen los que filosofan acercade ella en las mesas de
los cafés, es más feliz dejándose dominar quedominando. El pobre Miguel la cansó y
apestó de tal manera, que vino acobrarle verdadero aborrecimiento. Apenas se pasaba
día sin que no learrojase de junto a sí con algún insulto que iba a clavársele en
elcorazón: en no pocas ocasiones le cerró la puerta o le tuvo aguardandohoras enteras
para dejarle entrar. Coincidió este desvío con frecuentarel cuarto de la guardilla un
nuevo muchacho de los años de Miguel, perogordo y crecido, y tan rubio y blanco
como una inglesa. El recientetertuliano rindió pleito homenaje a la planchadora, y
comenzó avisitarla con asiduidad. ¡Ah miserable Miguel! En un instante perdióhasta
las pocas migajas de favor que le quedaban. El chico gordo quedóalzado sobre el
pavés a los pocos días y proclamado favorito exclusivo,dueño absoluto del cuarto de
la plancha y sus alrededores. No obstante,Miguel insistió en acudir a él por las tardes,
sin obedecer las órdenesde Petra, que formalmente se lo había prohibido. Un día entró
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