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Riverita

de la franqueza. Aquél tardó bastante tiempo enrecoger el guante. La impresión que
su nueva mamá le había producido erademasiado grata para que se borrase
fácilmente; pensó que se entraba unángel del cielo por su casa. Pronto se hubiera
trocado la admiración enamor, si la gentil señora le hubiese tendido su mano
protectora. Pero nofue así: la nueva brigadiera rechazó indignamente la fija mirada
deadoración que Miguel tenía como muda caricia posada constantemente sobreella.
En vez de agradecerla y de sentirse lisonjeada, comenzó a exclamarásperamente en
presencia de los criados: «¿Por qué me mirará tanto esteniño?» Miguel no
comprendió en un principio que su madrastra le dabacalabazas. Su inteligencia
infantil no podía darse cuenta de que un sertan hermoso aborreciese a quien no le
había hecho ningún daño, ypersistió cándidamente en su amor platónico. Mas a la
postre no tuvo másremedio que percibir que se le declaraba la guerra, ¡guerra bien
injustapor cierto, y bien desigual! Sintió las espinas de aquella rosaespléndida, y
quedó confuso y apenado. Era un temperamento muy nerviosoel suyo; no cabía en él
la indiferencia: o amaba o aborrecía. Por eso,pasada la sorpresa, sin buscar la razón de
tal antipatía, trocose prestosu amor en odio. Y a los pocos días la brigadiera Ángela, si
quiso, pudoobservar que los ojos de Miguel no expresaban ninguna clase deadoración.
Encendiose más con esto la mala voluntad de aquélla; la guerra estallócon todos sus
horrores, sin tregua y sin cuartel. Si Miguel salía depaseo con el lacayo, los ojos
penetrantes de la andaluza siempredescubrían a la vuelta en su traje alguna mancha,
algún siete malrecosido por una sirviente piadosa:—«¡Jesú, qué niño ma susio y
marevoltoso! ¿Qué dirá la gente que le vea? Dirá que yo le abandono y ledejo andar
hecho un pordiosero. ¡Es una vergüensa!» Si se quedaba encasa y jugaba con los
criados, la señora se ponía furiosa, le dolía lacabeza, hablaba de la bajeza de
sentimientos que el muchacho revelaba,allanándose a estar siempre entre la
servidumbre, e increpaba duramenteal brigadier porque no sabía educar a su hijo. Si,
por complacer a supadre, tomaba la resolución de estarse quieto y sentadito en una
sillatoda la tarde, esto era lo que no podía ver el pasmo deSevilla:—«¡Jesú qué niño
tan posma! ¡Siempre en las mismitas faldas deuna, mirándolo todo, observándolo
todo!... ¡Ay, qué fatiga!»
Ni era fácil, como se ve, que le diese gusto en nada. El brigadierpadecía mucho con
esta injustificada aversión y procuraba mitigarla, sinresultado alguno. Necesitábase la
pasión loca que su mujer le habíainspirado y su carácter pacífico, para que algunas
veces no hubiese unescándalo en casa. Los parientes, en cuanto se hicieron cargo de
lo quepasaba, mostraron mucho disgusto. El más indignado fue tío Manolo:—«¡Eldía
que vea a esa petenera tratar mal a mi sobrino—había dicho encierta casa,—como no
se tape las orejas con cera va a escuchar cosasmuy lindas!» Y pasó como había
previsto. La brigadiera, que no serecataba de nadie para hacer lo que se le antojaba,
reprendió agriamentea Miguel en presencia suya, y entre otros insultos cometió la
ligerezade llamarle mala casta. Oír esto y volverse loco tío Manolo, fue todouno; por
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