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Riverita

acometieron aquellas malditas ganas de reír que tanto daño lecausaron, y no faltó
mucho para echarlo todo a perder. Por fortunaconsiguió refrenarlas.
Encamináronse lo más pronto posible al parador de la silla de posta, queno tardó en
llegar. Abrió la portezuela el tío Manolo, y se apresuró adar la mano a su cuñada, que
saltó en tierra con mucha compostura yelegancia. El brigadier, después de abrazar a
su hijo, lo presentó a sunueva mamá, quien le dio un beso en la mejilla, reparando
poco en él.Era una mujer hermosa, alta, maciza de carnes, el rostro blanco yovalado,
negros y grandes los ojos, pestaña larga, cabello castañotirando a rubio, derecha de
espaldas y cogida de cintura, gallarda ybriosa en sus movimientos y un tantico
soberbia. Miguel entendió que nohabía visto nunca nada tan bello, y la expresó su
rendimiento mirándolahasta comérsela con los ojos. Terminados los saludos y las
preguntas queen casos tales suelen repetirse bastante, se entraron los cuatro en
lacarretela. Sentose la dama en el fondo a la derecha, y el brigadier a sulado: Miguel y
el tío Manolo se acomodaron enfrente. Comprendiendo elbuen efecto que en su hijo
había causado la mamá que le traía, elbrigadier iba muy complacido y estaba harto
locuaz; mucho más de lo queacostumbraba. El tío Manolo, por cierto instinto de
coquetería que jamásle abandonaba, hacía esfuerzos por mostrarse agudo y chistoso
delante desu cuñada, y la abrumaba a galanterías.—«Ángela, ¿te molestan
lasventanillas abiertas?—la decía llamándola por su nombre y tuteándolaya.—
¿Quieres que cerremos ésta de la derecha? ¿Llevas los pies fríos?Dame acá esa
sombrilla. Échate hacia atrás, que irás más cómoda.» Lahermosa dama contestaba a
estos homenajes con leves sonrisas no exentasde displicencia.
—Vamos, Miguel—dijo el brigadier.—¿No te parece mejor tu mamá que elretrato?
Miguel, ruborizado y gozoso, contestó que sí con la cabeza.
—De modo que votas a mi favor, ¿verdad?—le preguntó la nuevabrigadiera con
gracioso acento andaluz.
Miguel, avergonzado, no se atrevió a contestar.
—¡Ya lo creo que vota!—respondió por él su padre.—Y está dispuesto ahacer todo
lo que esté de su parte por que le quieras mucho. ¿No esverdad que serás siempre
obediente a tu mamá, y no la darás ningúndisgusto?
El muchacho afirmó otra vez con la cabeza.
—Vaya, dala un beso ahora.
Miguel fue muy gustoso a besarla en la mejilla, pero en aquel instantela dama sacó
la cabeza por la ventanilla para ver los edificios de laPuerta del Sol, mientras le tendía
su mano enguantada. El niño,obedeciendo a un signo de su padre, la tomó entre las
suyas y la besó.
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