Riverita by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—¡Ca! no es así, verás tú como hace.

Y poniéndose en cuatro patas, comenzó a dar vueltas por la estancia,lanzando tales y tan verdaderos maullidos, que Julita quedó suspensa yestática, creyendo tener delante de sí y en realidad un individuo de laraza felina. Como no era cosa de dejar pasar tan oportuna ocasión de dara conocer sus benévolos sentimientos hacia esta familia, dijo conprofunda convicción:

—Mamo, apo.

Miguel vino triunfante a ella, y la dio un beso.

—¿Quieres agua, monina?—le preguntó de repente.

No sabemos qué clase de motivos habrían impulsado a Miguel a ofrecer tanespontáneamente agua a su hermana. Sean los que quieran, lo cierto esque ésta, como no podía negarle nada, aceptó el ofrecimiento. Mas alservírsela el bueno de Miguel, dejó caer sobre la cuna el vaso lleno. Laniña estuvo tres veces para llorar y otras tantas para reír: al fin sedecidió por lo último, hallando muy gracioso, aunque demasiadamentehúmedo, el chiste de su hermanito. Para recompensar su tolerancia, éstetornó a hacer el gato con más voluntad aún y maestría. Después imitó alperro y al burro menos que medianamente. Al fin, queriendo terminar deun modo digno y brillante sus trabajos zoológicos, propuso hacer lagallina. Todas las antipatías, terrores y resentimientos de Julita sedespertaron al escuchar este nombre malhadado.

—¡No... ina no... ina feya!

Pero Miguel, arrastrado del deseo de lucir su habilidad en este nuevoejercicio, no quiso atender a la negativa y se puso a cacarear de lolindo en todos los tonos agudos y graves. La niña, agitada, convulsa,con los ojos espantados, gritaba cada vez con más fuerza:

—¡No... ina no...! ¡feya, feya!

Fue necesario terminar. El artista quedose un tanto mohíno viendodespreciados sus esfuerzos.

—Upa, upa—dijo la niña al cabo de un rato de silencio, tendiendo aMiguel los brazos.

—No, no te levanto, que riñe mamá.

—¡Valiente cosa me importa a mí que riña mamá!—dijo la niña; esto es,debió decirlo; en realidad no hizo más que repetir con un gesto que nodaba lugar a réplica:

—¡Upa, upa!

Miguel se sometió. Cuando la tomó en brazos hallose con que estaba hechauna sopa. ¡El maldito vaso! Al pensar en su madrastra se le puso lacarne de gallina. Fuese porque tal pensamiento le privara repentinamentede las fuerzas, o porque nunca las hubiera tenido muy hercúleas, es locierto que al sacarla de la cuna, sin saber cómo la niña se le deslizóde los brazos, y cayó dando un fuerte porrazo con la barba en labarandilla.

¡Oh Dios clemente! ¿qué pasó allí? La sangre de Julita corrió enabundancia; los gritos se oyeron en media legua a la redonda. Acudió laservidumbre, y el portero, y los vecinos, y los guardias municipales dela calle, y el médico de la casa de socorro, y la guardia del Principal,fuerza de artillería y carabineros, y lo que es aún más espantable quetodo esto... acudió la brigadiera.

En la misma noche el consejo de guerra, presidido por aquélla, condenóal reo nombrado Miguel Rivera a seis años de presidio con retención, quedebían purgarse en un edificio grande, feo y sucio, sito en la calle delDesengaño donde se leía con caracteres borrosos este rótulo: Colegio de1.ª y 2.ª enseñanza bajo la advocación de Nuestra Señora de laMerced.

VI

Tan sucio era aquel caserón por dentro como por fuera; la enseñanza y elalimento que se daba correspondían muy bien con el local. El fundador ydirector del establecimiento era un excoronel de artillería andaluz yamigo de la familia Guevara; por eso Miguel había ido a dar allí con sushuesos. El tal coronel, llamado D. Jaime, había salido del cuerpo por unasunto de honor en que el suyo no había quedado bien parado; tuvoalgunas palabras con otro oficial de ingenieros, nombráronse lospadrinos, y cuando llegó la ocasión de formalizarse el desafío, nuestroD. Jaime se achicó y dio toda clase de satisfacciones; los artilleros seofendieron mucho con esta conducta, dejaron de saludarle, y el coronelal cabo se vio obligado a pedir la absoluta. Por supuesto que losalumnos no sabían palabra de todo esto; antes se tenían formada, de labraveza y esfuerzo de su director, una idea superior a toda hipérbole;no había en el colegio quien no le tuviese por más áspero y belicoso queRoldán y más denodado que Oliveros de Castilla, y quien no le temblase.El propio coronel había fomentado esta opinión refiriendo a susdiscípulos en los momentos en que el álgebra les dejaba algún respiro,un sin número de hazañas portentosas y aventuras sangrientas llevadas atérmino por su mano, o en cuya ejecución, por lo menos, había tenidoparte muy lucida. Además, cuando se incomodaba, y era muy a menudo,acostumbraba a desafiar al muchacho delincuente, y no sólo a él, sinotambién a toda la cátedra y al colegio entero lo mismo que hizo el Cidcon el pueblo de Zamora.—«¡Hombre, tendría gracia que uztede zeburlasen de mí!... Nada, zeñore, el que quiera reírze que lo digafrancamente. Lo hombre han de zer hombre siempre. ¡Que lo diga y le daréuna piztola para que nos peguemo un tiro! ¡Y zi viene el papá, ze lopego al papá, canazto!

¡Y zi viene el hermano, ze lo pego al hermanito!¡Y zi viene el abuelito, al abuelito!

¿Eztamo?» Los chicos quedabanpetrificados de terror.

Había otro profesor para la geografía y las Historias de medianaedad, hombre tímido y pusilánime hasta el exceso, que ganaba el sustentosuyo y el de su madre y hermanas con grandísimo esfuerzo, corriendo todoel día de un colegio a otro, dando además lección particular en algunascasas y cantando de tiple en las funciones religiosas. Llamábase D.Leandro; era de estatura baja y bajo también de color, con grandes ojosnegros y dulces que pedían misericordia; andaba siempre vestido de negroy cuidadosamente rasurado, como convenía a su estado semisacerdotal;poco le faltaba para gastar corona. Daba lección de música a los alumnosque la pagasen, y era en lo que más se placía; todo su amor y pasionesse cifraban en el arte; no tenía grandes facultades para él, bien losabía y no se avergonzaba de confesarlo; pero lo amaba platónicamente, yadoraba a quien brillase cultivándolo. Hablarle a él de los grandesmaestros y aun de los pequeños, era verle caerse boca abajo como unindio en presencia de sus ídolos. También dibujaba un poquito, muypoquito; pero en secreto.

En cuanto le mirasen fijamente se ruborizaba;cuando por casualidad hablaba con una mujer, tenía los ojos puestos enel suelo.

El profesor de Psicología, Lógica y Ética era el reverso de éste:pedante, charlatán sin pizca de sustancia, procaz de palabra y de obra,y colérico cuando se creía denigrado. No llegaba a los treinta años deedad y había hecho ya nueve o diez oposiciones a cátedras sin resultadoalguno; sólo una vez había obtenido un segundo lugar. Fuera de losmomentos en que estaba sentado en cátedra, no hablaba de otra cosa;oposiciones por arriba y por abajo; conocía los nombres de todos loscatedráticos de España, de instituto y de facultad, sabía cómo habíaningresado en el profesorado (casi siempre por intrigas según él),llevaba la cuenta exacta de todas las cátedras vacantes y aun de las queiban a vacar, las que tocaban a turno de oposición o a concurso, lostribunales que se habían nombrado desde diez años hasta la fecha, ycalculaba los que podían nombrarse en lo sucesivo, y mejor aún los quele convendría que se nombrasen. Apesar de sus ínfulas, era un gorrón quese dejaba regalar tabaco, alfileres de corbata y hasta tal cual pesetapor los alumnos. Llamábase D. Benigno, pero estos le apodabanPppsicología recalcando mucho la p, como él acostumbraba a hacer.

El catedrático de Física e Historia natural, señor Marroquín, era unantiguo republicano de barricada, que había perdido la plaza de auxiliaren el Instituto de San Isidro por sus ideas políticas y religiosas. Entoda España no había hombre más heterodoxo que él: no creía ni en lamadre que le parió. D. Jaime, que no era intolerante, y la prueba esque lo sostenía en su colegio, le había prohibido, no obstante, quehiciese alarde de sus ideas, contrarias a toda religión positiva,delante de sus discípulos.—«Amigo Marroquín, no zea uzté balzamina enzu vía; too eztamo enterao de que eso de Dio y lo santo son arma alhombro; pero si los papá y laz mamá quieren que zuz hijos lo crean, ¿quélez va V. a hace? Ojo, pue, con el pico, ¿eztamo?

No vaya a atufársemeD. Juan (D. Juan era el cura), y tengamo un lío.»—Por instinto deconservación, que tarde o nunca abandona ni aun a los enemigos de Dios,procuraba Marroquín refrenarse: pero con mucho trabajo lo conseguía.Halló un medio ingenioso de manifestar su rencor al Ser Supremo sincomprometerse, y fue la preterición: ni por casualidad se le escapaba elnombre de Dios; en reemplazo suyo decía siempre la naturaleza, y cuandoalgún chico lo nombraba, solía rectificarle suave y disimuladamente,diciendo:—«Eso es, las fuerzas de la naturaleza, perfectamente.»—

Erahombre de complexión recia, hirsuto como un jabalí (así le llamaban enel colegio), le salían los pelos hasta por debajo de los ojos, firmes yerizados como púas; los de la cabeza andaban siempre revueltos yaborrascados por la imposibilidad absoluta de domeñarlos, y los gastabalargos para que mejor se observase. Pues no diremos nada de las cerdasque le salían por las manos y las muñecas, que podían competir muy biencon las de los cepillos más ásperos. Cuando Marroquín escribía, uno delos trabajos mayores era pelear con aquel vello de la muñeca, que leborraba a lo mejor los renglones: no tenía otro remedio que metérselos acada momento debajo del puño de la camisa; pero a veces se impacientabaterriblemente. ¡Estos pelos indecentes! Y se arrancaba con rabia unpuñado de ellos. «Tantos pelos tiene en el alma como en el cuerpo,»decía de él el capellán del colegio con sorda cólera. No estamosconformes con este juicio. Marroquín era un pobre diablo, no exento delas pasioncillas que atormentan a los humanos, tales como la envidia, lalujuria, la gula, pero no en más alto grado que la mayoría de ellos. Sinembargo, erraba mucho en echárselas de austero y hombre acrisolado,rompiendo en presencia de los discípulos tarjetas de recomendación ytratando con afectado desdén al hijo de algún título, porque en realidadestaba muy lejos de serlo, y de ello tenemos datos inconcusos.

Enemigo irreconciliable de éste era el capellán D. Juan Vigil, directorespiritual de los alumnos, maestro de doctrina cristiana, y catedráticode latinidad y retórica y poética. Es persona tan notable desde variospuntos de vista, que de ella nos ocuparemos con alguna detención másadelante. Sólo diremos ahora que era hombre de cuarenta años de edad,rubio, pálido, de pocas carnes y no muy apretadas, de mediana estatura ygrandes extremidades. Después del director, la persona más influyente enel colegio: dormía dentro de él, y aun se decía que tenía algunaparticipación en las ganancias.

Además de estos personajes principales, había algunos otros secundarios:un maestro de primeras letras, un pasante, un inspector, dos criados,una cocinera, una doncella de labor y una planchadora.

El régimen interno del colegio no era un modelo de orden y disciplina.El director se cuidaba poco de él: decíase que tiraba de la oreja aJorge en el casino, y tal vez fuese cierto: lo indudable era que lascosas casi nunca andaban bien, que más de cuatro veces faltó dinero enla caja para pagar al almacenista, y que a los profesores se lesadeudaban casi siempre tres o cuatro meses de sueldo. A pesar de esto,D. Jaime tenía suerte; no se le marchaba un chico: el colegio siemprelleno. Tal vez contribuyese a ello su mismo desorden, que tenía algo depatriarcal; aquella amable indisciplina era muy del gusto de los niños.Aunque la comida era de inferior calidad, no estaba tasada ni había granrigor en las horas: si un chico tenía hambre, bajaba a la cocina, pedíapan y queso, y sin inconveniente alguno, se lo daban, y si la cocinera,de natural francota y bonachona, estaba de humor, hasta le freía unhuevo o una magra.

Cuando D. Jaime «estaba en fondos,» los gaudeamus se sucedían en el colegio; variedad de postres, vino de Jerez y hasta seimprovisaba una que otra merendeta en el campo: D. Jaime era muyaficionado a pintar paisajes, muy malos, eso sí, pero que no por esodejaban de ser celebrados por discípulos y profesores. En cambio, si sedaban bizcas y el bolsillo se desmayaba, adiós confites y la mantequilladel chocolate y las copitas a las once; nadie comía más que loestrictamente indispensable para no fenecer de hambre. Además, aquellosdías no había quien dirigiese la palabra a D. Jaime, ni aun le mirase ala cara: los castigos eran más frecuentes: el palo andaba listo y lasopa perezosa. Hay que confesarlo, porque es la pura verdad, los únicosprogresos literarios y científicos del colegio de la Merced se hacían enestos días de crisis monetaria.

La llegada de Miguel no causó efecto alguno, ni en profesores, ni endiscípulos: un niño más, y bien atrasadito por cierto. Sin embargo, notardó en llamar la atención de unos y de otros por su condición inquietay ruidosa: en cuanto tomó confianza, y le bastaron pocos días, mostrosetan travieso, tan turbulento, que los maestros comenzaron a murmurar y atenerle sobre ojo, y los alumnos a contar con él para todas lasjugarretas. Don Jaime dijo que aquel chico «era de la piel del diablo yhabía que apretarle un poco los tornillos.» El cura, aficionado a losmotes, le puso por sobrenombre Bullita, y por él se le conoció muchotiempo en el colegio. Apesar de esto, no despertó rencores, niantipatías; había en su rostro expresivo cierta nobleza que atraíageneralmente, y en sus travesuras nunca dejaba de hallarse algunagracia: así que, los profesores, aunque le castigasen con dureza, nodejaban muchas veces de reírse y de celebrar al hallarse reunidos «labuena sombra de aquel muchacho.» El único que le odió cordialmente desdesu entrada, fue el famoso Pppsicología, el eterno y asendereadoopositor. Por supuesto que el odio fue recíproco al instante, y queMiguel no perdonó medio humano de vejarle y tenerle en continuosobresalto: cuando iba a pronunciar la palabra Psicología, nunca dejó ensu vida de prepararse con cierta tosecilla, que hacía inmediatamentesonreír a los compañeros. Los castigos que por esta broma hubo depadecer, no son para contados: pasaba casi todas las horas de recreoencerrado en unas jaulas de madera con rejas de hierro que D. Jaimehabía hecho construir en el patio para los delincuentes: sobre estasjaulas, y debido a la inventiva de Pppsicología, se habían puestograndes cartelones con nombres de animales; en uno decía Hipopótamo,en otro Rinoceronte, en otro Bucéfalo, en otro Mastodonte,etcétera, etc. Miguel recorrió innumerables veces la fauna moderna y laantediluviana, pero ya no le daba bendita la vergüenza; se distraía eltiempo de prisión tocando la trompeta con los puños hasta que venía elinspector a hacerle callar: los chicos, de quienes era querido, solíantraerle los postres que les sobraban, o bien cigarrillos, o cualquieraotro entretenimiento para que no lo pasase tan mal.

No por virtud de los castigos y reprensiones, sino por otra causa muydistinta, la conducta de Miguel reformose algún tanto durante unatemporada de varios meses, a los dos años próximamente de hallarse en elcolegio. Fue el amor quien operó este cambio, si merece tal nombre laafición prematura que le prendió por la planchadora del colegio. Habíaestablecido ésta en su cuarto de trabajo, situado en la guardilla, unatertulia donde acudían algunos niños en las horas de recreo: contábaleshistorias maravillosas mientras repasaba la ropa blanca o la aplanchaba.Desde un día que subió casualmente aficionose tanto a ellas, que comenzóa acudir asiduamente para escucharlas. Sentado a los pies de lanarradora, con la cabeza apoyada en sus rodillas, pasaba admirablementelas horas embebecido y suspenso. Por delante de sus ojos desfilaron lasaventuras estupendas de Los doce pares de Francia, la historia de Aladino o la lámpara maravillosa, la de Flores y Blanca-Flor «sudescendencia, amores y peligros que pasaron por ser Flores moro yBlanca-Flor cristiana,» la de Pierres de Provenza y la hermosaMagalona, la de El esforzado Clamades y la hermosa Clermonda, o sea El caballo de madera, y otras muchas interesantísimas donde la virtudsale triunfante y el vicio corrido. Sabida de todos es la particularinclinación que tienen las planchadoras a ver a los buenos ricos yfelices y a los malos abatidos y miserables. Miguel participó muy prontode estas ideas: y aunque la bella narradora agotó prontamente elrepertorio de sus fábulas, cada día las escuchaba con más atención ydeleite. Fuerza es confesar, como ya indicamos, que algo, bastante y aunmucho influía en su atención el placer que empezaba a sentircontemplando la vigorosa y agraciada figura de Petra (así se llamaba).Llegó a admirarla como un bruto: el ideal de la belleza se encarnó paraél en sus carnes frescas, sonrosadas y un tanto crasas.

El cuarto de la planchadora era una verdadera estufa en las tardes deverano. La proximidad del tejado, lo bajo del techo y la hornillaencendida se conjuraban para hacerlo intolerable. No obstante, Miguelencontrábase allí como el pez en el agua: la mayor parte de las tardes,cuando llegó esta época, se las pasaba nuestro héroe mano a mano con elideal, sin que nadie viniese a turbarlo. Los tertulianos de la guardilladesertaban hostigados por el calor. El ideal se mostraba en su posibledesnudez, los brazos remangados hasta el sobaco, el liviano pañuelo depercal arriado hasta donde el pudor empezaba a gritar con fuerza. Elmórbido cuello relucía con el sudor, las mejillas se inflamaban y losnegros y mal peinados cabellos caían en crenchas sobre la espalda y enrizos sobre la frente salpicada también de menudas y brillantes gotas deagua. Ahumaba la planchadora, o por mejor decir, despedía un vaho sutily punzante que Miguel aspiraba embriagándose sin darse cuenta de ello.

Cuando no venían otros chicos, Petra no se decidía a malgastar sustalentos de novelista, y se dedicaba con alma y vida a la tarea que sele había encomendado; el hijo del brigadier seguía con atenciónprofunda, como un aprendiz que desea imponerse pronto en el arte, lasmanos de la bella. Algunas veces le daba a ésta por hacerle un sinnúmero de preguntas, enterándose de todos los pormenores de su vida; losdisgustos de Miguel con su madrastra la enternecieron sobremanera, y sedesató en injurias contra ella, diciendo que no tenía corazón y que erapeor que las fieras de los montes; después alargó su diatriba a todaslas señoras.—«Mira Miguelito, que te lo digo yo; ninguna señora sabe loque es conciencia; tienen el corazón más duro que una piedra; si escaso, vale más una pobre de la calle que todas esas señoras con sucolorete y su ringo rango... No llevan nada que no sea postizo: el pelo,el color, los dientes... y otras cosas que no quiero decirte porqué erestodavía pequeño... Pocas gracias que sean bonitas de ese modo... ¡anda,anda!... ¡pues si las pobres nos pusiéramos todos esos perendengues!...Pero más vale lo natural, ¿no es verdad, Miguelito? ¿Llevo yo polvos dearroz? ¿llevo colorete? ¿eh?... Toca, toca lo que quieras... frota bien(Miguel frotaba con mano temblorosa). Y apesar de eso, no cambio miscolores por los de ninguna de esas señoritas tísicas que van al Prado encarretela...»

El hijo del brigadier asentía incondicionalmente a estas atrevidasproposiciones; quizá las llevase en su pensamiento más allá que la mismainteresada. La verdad es que la admiración de Petrarca a Laura y la deDante a Beatriz eran nada en comparación con la apasionada y vehementeque nuestro chico profesaba a la planchadora. La admiraba sin comprenderque la naturaleza pudiese formar otro ser que rivalizase con ella; todolo encontraba hechicero, desde sus cabellos, un tantico revueltos, hastasus pies, nada breves y nada bien calzados. Petra, que al principio nohabía reparado, concluyó por fijarse en aquel niño que tan asiduamentela visitaba, y vencida de su constancia o por ventura halagada por laadoración que en él veía, testimoniole algún afecto. Un día que estabansolos, como Miguel la mirase desde su taburete hasta comérsela con losojos, le dijo con sonrisa burlona y placentera a la par:

—¿Por qué me miras tanto, Miguelito?... ¿Te gusto?

La vergüenza y la confusión se apoderaron del chico; se puso como unacereza y concluyó por llorar desconsoladamente como si le hubiese dichoalguna injuria. Petra le consoló y le mimó, dándole algunos besos, quefueron los hierros con que le esclavizó para siempre.

De allí en adelante mostrose muy benévola hacia él; le cosía con esmerocualquier rotura que hubiese en su vestido; le pegaba los botones y learreglaba la corbata; cuando venía despeinado, con sus propios peines lealiñaba el pelo. Miguel vivía entre los bienaventurados; el roce deaquellas manos en su cabeza le producían espasmos de dicha, y el perfumede la pomada de heliotropo que la planchadora usaba, causábale unaembriaguez dulce y feliz como no volvió a sentirla jamás en su vida.

Es condición precisa de las planchadoras, y también de las que no loson, hacer con gusto el papel de ídolos y propender a la dominación.Petra, dejándose adorar, adoptó cierta actitud protectora y maternal. Seinteresó vivamente por todo lo que a Miguel concernía, revolvió su baúl,contó las camisas y los pañuelos, fue depositaria del dinero que ledaban, en una palabra, se hizo cargo por completo de la dirección de susnegocios, tanto morales como económicos. Las pocas cartas que elmuchacho recibía leíalas ella de cabo a rabo, y frecuentemente dictabala respuesta: cuando le castigaban, le llevaba la comida a la prisión;algunas veces llegó por su propia autoridad a levantar el castigo, y loque aún es más grave, a recriminar al profesor que se lo había impuesto.

Por la pendiente de la soberanía se llega muy pronto al absolutismo.Petra empezó a mandar en Miguel como en cosa propia, y a dictarle reglasde conducta para todos los actos de la vida, haciéndole estudiar a sulado el tiempo que juzgaba necesario y prohibiéndole los juegos cuandolo creía oportuno. Porque perdió dos pañuelos en pocos días, tomó laresolución de cosérsele al bolsillo. Tenía que darle cuenta del empleode todos los momentos:—«¿Qué has hecho después de salir de clase?

¿Conquién estabas hablando en el patio? ¡Cuidado que vuelvas otra vez asubirte al pasamano de la escalera! No andes más con Pepito; no megusta ese chico. Ya me han dicho que ayer no has sabido la lección. ¿Quéhaces el tiempo que estás en la sala de estudio? Por de contado,enredar: ¡si te tuviese siempre a mi lado andarías un poco másderecho!»—Llegó a reprenderle duramente las faltas como si tuviesesobre él autoridad. Miguel temblaba cuando subía al cuarto de laguardilla con el pantalón roto, lo mismo que cuando iba a ver a sumadrastra. Mas en cambio de estos apuros tenía compensaciónes: laplanchadora se mostraba amable y generosa a ratos: algunas veces lelevantaba entre sus robustos brazos y le tiraba al aire volviendo arecogerle; le daba vivos y sonoros besos; le llamaba pichoncito, ricomío, querido, y le estrechaba con tal fuerza contra su seno, que andabacerca de asfixiarle. Era nuestro héroe ya muy hombre y todavía alrecordar estos abrazos experimentaba una dulzura inexplicable.

Desgraciadamente, como sucede casi siempre, Petra se desvaneció con elpoder; en vez de mantener su dominio en los límites discretos yconvenientes, empujolo lentamente hasta los últimos extremos,convirtiéndolo en un despotismo escandaloso y repugnante. Miguel pasó alcabo de algunos meses a ser su paje de cola: «Miguel, tráeme lastenazas.—Miguel, echa carbón en la hornilla.—Miguel, corre a pedir ala cocinera agujas.—Miguel, abre esa ventana.» El hijo del brigadierse apresuraba a cumplimentar estas órdenes como el caballero que buscaocasión de festejar a su dama y ansía testimoniarle su rendimiento. Ladama recibía el homenaje sin pestañar, cual si le fuese debido. Poco apoco empezó a mostrarse impertinente y descontentadiza:

«¿Cómo hastardado tanto, chico?—No es eso lo que te pido, hombre, no es eso,¡parece que estás en Babia!—¿Dónde tienes los ojos? ¡tonto,retonto!—¡Me estás consumiendo la paciencia, chiquillo!» Nuestromuchacho llegó prontamente a ejecutar los oficios más viles. Laplanchadora se complacía en tenerle horas enteras abanicándola mientrastrabajaba, en obligarle a dar lustre a sus zapatos y en general enproporcionarle todos los oficios de un consumado negrito. Pero él losdesempeñaba con gusto; después de todo, era el favorito y nadie ledisputaba este título. La sultana, aunque cada día más altiva ydesdeñosa, todavía le consentía apoyar la barba en su regazo ycontemplarla largos ratos fijamente. Aquellos ojos ardientes y ávidosdemandaban tímidamente una caricia. Petra era cada vez menos expresiva;pero aunque de mala gana y con semblante hosco, aún se dignabahacérselas.

La verdad es que se iba cansando del chico; la adoración ferviente sinlímites que éste la tributaba, llegó a empalagarla. ¡Tal es la condiciónhumana! Este cansancio manifestose en frecuentes enojos ydesabrimientos, sin motivo alguno la mayor parte de las veces.Mostrábase amable con todo el mundo menos con Miguel, para quienreservaba tan sólo su mal humor. Esto le hizo padecer bastante, y aunconmovido por sus desprecios y reprensiones, lloró lágrimas amargas quela planchadora concluía por enjugar con el pañuelo. Acariciaba, más lehacía pagar las caricias: «¡Ahora le da el sentimiento al niño! ¡Quierescallarte, tontuelo! ¿Te figuras que estoy yo aquí para templar gaitas?¡Bueno, bueno, ya empieza el lloriqueo!» Con estas y otras talesexpresiones abría la llave de las lágrimas que su mano trataba de secar.Mas no pararon todavía aquí las cosas. Un día trasladando Miguel unacesta con ropa aplanchada de un sitio a otro, la dejó caer al suelo y semanchó una buena parte. Petra, hasta entonces, en sus más fuertes enojosno había hecho mas que cogerle por el brazo y sacudirle; ahora le diouna soberbia bofetada que le encendió el rostro. En vez de ponerlo enconocimiento del director, o por lo menos marcharse y no subir más alcuarto, como aconsejaba su dignidad, contentose con llorar perdidamente.¡Y bien perdido quedó desde entonces! Petra, para resarcirle, le hizocaricias muy exquisitas, con lo cual dio por bien empleado el bofetón yse dispuso a recibir todos los que en adelante aquélla fuera servidadarle, como así acaeció en efecto. Las reprensiones comenzaron a ir casisiempre con acompañamiento; segura ya de que se aceptaban los golpes, nolos escaseó; más por una contradicción, bien explicable por cierto,desde que comenzó a dárselos, le mostró al mismo tiempo mayor afecto;tan suyo le consideraba, tan pobre y miserable le veía a sus pies, ytanto le sorprendió su paciencia, que no es mucho si después de unabuena granizada de mojicones, le otorgase algunas pruebas de afecto. Elmuchacho se creía bien indemnizado recibiéndolas; lejos de apagarse elfuego de su pecho, creció y se sobresaltó hasta lo sumo. Era una pasiónencarnizada, furiosa, bestial, como sólo existen en esa edad en que lossentidos amanecen. Los hombres pueden hablar cuanto gusten de suspasiones, los poetas y novelistas exaltar la violencia de las de sushéroes como plazca a su fantasía; nada es comparable a la aficiónconcentrada, fija y ardiente que alguna vez despiertan en el alma y enel cuerpo de un niño las formas exuberantes y macizas de una mujer.Miguel despreciaba en el fondo de su corazón a Petra. Con la precozviveza de comprensión de los niños cortesanos, no se le ocultaban susdefectos ni el despreciable papel que desempeñaba cerca de ella; perouna adoración ciega y frenética que le hacía soñar noche y día, le teníafatalmente encadenado. Los malos tratos de su ídolo, eran un alicienteque comunicaba sabor más exquisito a los deleites que disfrutaba.Aquella dependencia absoluta en que estaba, aquel temor y zozobra en quevivía, ejercían sobre él cierta suave fascinación, un encantoirresistible. Después de gustarlo, por nada en el mundo quisiera que sudueño cambiase de condición y templase sus rigores.

Ni se crea tampoco que los castigos de Petra le produjesen mucho dolor.Al principio le hicieron llorar, más por la humillación que por suefecto físico; pero más tarde halló en esta misma humillación una nuevafuente de dulce