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Riverita

aquél se curase, sino saber quién había tenido laculpa de la desgracia: tan
intemperante y desbocada estuvo, que el condede Ríos no pisó más la casa,
limitándose a preguntar todos los días pormedio de un lacayo el estado del enfermo.
Afortunadamente, salió del peligro pronto: a los cinco días ya se lepermitía hablar,
aunque no mucho. Julia no se apartaba de su cabecera.La mamá era la encargada de
recibir las numerosas visitas que llegaban;y por cierto que no se hartaba de contar a
todo el mundo los pormenoresde la catástrofe.
Una tarde, Julia se hallaba, como de costumbre, cosiendo al lado de lacama del
enfermo; el cual dormía.
—Oyes, Julia—dijo de pronto despertándose.—¿Quieres hacerme un favor?
—¿Cuál?
—Léeme otra vez la carta de Maximina..... El día aquel no estaba yopara enterarme
de nada.....
Julia sonrió con semblante triunfal. En efecto, hacía días que observabaen su
hermano cierta predisposición a la melancolía bastante ajena a sucarácter: a menudo
se pasaba horas enteras con los ojos estáticos,inmóvil, dando señales de hallarse
emboscado en una maraña depensamientos tristes: le molestaba la compañía de los
amigos y aunllegaba a desagradarle que su hermana le leyese demasiadotiempo.—
Miguel piensa en Maximina—se dijo aquélla al verle tanreflexivo. ¿Qué misterio de
amor se le escapará a una joven de diez ysiete años?—Pues que pene un poco; ya
resollará.
Y así fue, como lo pensó la niña.
—Voy a buscarla—contestó saliendo apresuradamente de la alcoba.
No tardó en llegar con ella en la mano: sentose de nuevo y se puso aleerla con gran
calma, observando de reojo al herido.
Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y exclamó mirando al techo:
—¡Pobre niña!
Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra vez la costura y se puso amover la
aguja en silencio. Al cabo de algunos minutos el enfermo volvióa decir:
—Voy a pedirte otro favor...
—Lo que quieras...
Toma las llaves de mi escritorio, que están ahí en el chaleco, abre elsegundo cajón
de la izquierda y saca un crucifijo de plata que hay enél... y tráemelo.
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