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Riverita

delicada y exigua de Rivera. Sinembargo, a los pocos momentos comprendió éste que
no se las había con untirador consumado. Miguel había tirado algunas temporadas el
sable y elflorete: su contrario no conocía al parecer más que esta última arma;pues
hubo que advertirle por los padrinos que no levantase la manoizquierda, y la colocase
detrás de la espalda. Pero esto mismo le hacíamuy peligroso, porque en vez de hacer
uso del filo, alargaba a cadainstante la punta del sable, manteniendo a Miguel fuera de
distancia.Este comenzó a atacar vigorosamente tirando golpes sencillos al brazo, ala
cabeza y al hombro: su contrario, en vez de pararlos, la mayoría delas veces rompía
alargando la punta: de esta suerte, a los tres minutosla lucha se convirtió en un asalto
desordenado de florete. Sin embargo,el periodista monárquico le tiró impensadamente
un golpe a la cabeza;pero hubo de salirle caro, porque Miguel paró y contestó con
talrapidez, que si no rompe a tiempo le raja la cara. Desde entonces notiró más tajos.
La lucha se prolongó cerca de quince minutos sinresultado. Miguel, que era el que
atacaba, se sintió fatigadísimo;tanto, que lo hizo presente en voz alta, y los padrinos
les obligaron asuspender y les dieron diez minutos de descanso. Durante ellos,
Miguelse vistió el gabán y se fue a fumar un cigarro en un banco con la
mayortranquilidad, en la apariencia, en realidad muy irritado por aquelextraño
procedimiento de su contrario. Comenzada de nuevo la lucha,tampoco dio resultado
alguno en bastante tiempo, apesar de que Miguel,cada vez más impaciente, atacaba
con furia batiendo para herir el sablede su adversario; pero éste tenía brazo de hierro,
y apenas si conseguíaapartar la punta un instante. A los ocho o diez minutos volvió
asentirse cansado, mas no osó declararlo por vergüenza. Aflojó en elataque,
haciéndolo cada vez más débil y desordenado. Advertido elcontrario, comenzó a
tirarle frecuentes estocadas: apenas tenía fuerzaspara pararlas. Al cabo, el robusto
periodista le separó el sable con elsuyo a viva fuerza, y le hundió la punta en el pecho.
Miguel cayó soltando un chorro abundante de sangre. Todos se apresurarona
socorrerle. El director de La Monarquía balbució algunas palabrasmanifestando su
sentimiento, a las cuales el herido no pudo contestar.El médico le hizo la primera cura
y acto continuo fue trasladado alcoche, que le llevó en compañía de aquél y sus
padrinos a casa.
XVII
El pronóstico del médico fue reservado en los primeros momentos. Al cabode
veinticuatro horas manifestó que su estado era grave, aunque nodesesperado.
Julita había padecido varios ataques nerviosos en el trascurso de aqueldía: la vista
de su hermano moribundo le había causado profunda yterrible impresión: no hubo
fuerza humana capaz de hacerle tragaralimento ni medicina alguna. El susto de su
madre también fue grande,pero trasformose súbito en viva y áspera irritación, de la
cual fueronvíctimas los padrinos, el médico, los criados, y hasta el mismo Miguelasí
que se encontró en estado de sufrirla: la gran preocupación de labrigadiera no era que
 
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