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Riverita

—Vamos.
Mientras tomaban el desayuno, Merelo, cada vez más alegre y cariñoso,habló de
muchas cosas con pasmosa lucidez; pero especialmente deesgrima. Realmente esta
era la conversación que venía al caso entonces,y entendiéndolo así le dio una multitud
de consejos encaminados todos ano dejarse pegar por el director de La Monarquía;
antes bien, apartirle por el medio en la primera ocasión.
—Nada de fintas, ¿entiendes?... Los golpes han de ser rápidos ydecisivos... Déjale a
él que finte cuanto quiera... Tú quieto, sereno,aplomado... a parar y contestar nada
más... Ya caerá en algunacontestación. ¡Pues no ha de caer!
Miguel mojaba distraídamente el bizcocho en el chocolate pensando Diossabe en
qué. Cerca ya de las seis salieron del establecimiento yenderezaron los pasos hacia la
calle de la Reina, donde vivía el generalRíos. Era noche cerrada todavía. Al llegar
vieron el coche a la puertaen espera ya de su dueño. Pasaron al conde un recado por el
lacayo y notardó en presentarse envuelto en un gabán de pieles; el lacayo veníadetrás
con los sables. Después de saludarse afectuosamente, subieron alcarruaje, y éste
comenzó a rodar por las calles silenciosas con ásperotraqueteo.
Cuando salieron por la puerta de Toledo, comenzaba a rayar el día. Alllegar a
Carabanchel ya estaba claro. Durante el trayecto, el general yMerelo no cesaron de
hablar de política. La mañana despejada. Al apearsecerca de la regia posesión, hacía
un frío intenso: los árboles,desnudos, tenían su armazón cubierto de escarcha. Por el
carruaje quevieron a la puerta, comprendieron que sus contrarios ya habían llegado,y
en busca de ellos se dirigieron por los hermosos jardines del opulentobanquero.
Mucho antes de llegar al paraje designado, vieron sus figurasnegras resaltando sobre
el blanco tapiz de la helada. Miguel, que hastaentonces había dado señales de hallarse
inquieto y nervioso, quedórepentinamente en calma: desde entonces hasta el fin del
lance manifestóuna absoluta y extraña serenidad que dejó altamente complacidos a
suspadrinos. Saludaron éstos a los contrarios y al médico, que debía servirpara los dos
contendientes según se había convenido: Miguel y elperiodista moderado se hicieron
de lejos una leve inclinación de cabeza.Escogiose el terreno, que fue un camino de
arena mejor resguardado quelos otros por dos altos setos de rosal; midiéronse los
sables;despojáronse los adversarios de los gabanes y levitas, quedando con elchaleco,
en gracia del frío que hacía; colocóseles en su sitio con elsable en la mano: por
último, el conde de Ríos, como la persona de másrespeto que allí había, se colocó en
el medio, alargó los brazos tomandocon los dedos las puntas de los dos sables y se
apartó diciendo confuerte entonación:
—Señores, cumplan VV. con su deber.
El director de La Monarquía era un mocetón robusto, de treinta ycuatro a treinta y
seis años de edad, cuya figura formaba tristecontraste en aquella ocasión con la
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