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Riverita

—Ya no nos quedan más que siete.
Pero el joven, avergonzado y con muy mal humor, se los rechazó.
—Deje V... Deje V. eso.
La niña ruborizada y confusa exclamó con voz débil:
—¡Como hasta ahora me había ayudado!...
XV
«Mi queridísima hermana:—escribía Miguel a Julia—Me preguntas por
quépermanezco tanto tiempo en este pueblecillo, y supones, infundadamente,que
pasaré la mayor parte en San Sebastián. Asimismo haces algunasreticencias que me
desagradan, porque no están bien en boca ni en plumade una niña tan candorosa como
tú eres y deseo que sigas siendo. Te hasequivocado en todas tus hipótesis.
Permanezco en Pasajes (ya puedescomenzar a reírte) porque estoy enamorado de la
sobrina de mi patrona.Es una niña (sigue riendo) que no pasa por bonita, ni es
gallarda, nitiene talento, ni una educación esmerada. Estoy enamorado no sé de
qué;acaso del alma, aunque no lo aseguro. Lo que sí puedo afirmar es que nohay
mujer (exceptuando tú) que me parezca tan linda, tan amable y tanbien educada. No
ha cumplido aún los diez y seis años. ¡Si vieras québuena y humilde es! Está tan
convencida de su insignificancia, que yo hehecho como Jesucristo; queriendo ser la
última, la elevé a primera. Hapasado dos años en un convento de Vergara, y cuando
yo llegué, estabaempeñada en hacerse monja: ahora ya se fue a paseo el monjío. Esto
noquiere decir que no fuese una buena religiosa; Maximina, que así sellama, en
cualquier estado y situación de la vida sería buena, porqueasí la hizo Dios. Me paso
los ratos como un tonto escuchándola; cuandonarra su vida de colegiala: las nonadas y
puerilidades de suscompañeras, que me cuenta con gran calor, me embelesan lo
mismo que lanovela más interesante: conozco ya a todas las hermanas del colegio
comosi las hubiera parido: hay una hermana San Onofre, de diez y ocho
años,hermosa, instruida, pero de muy mal genio; en el convento todo el mundola
temía más que a la superiora; ¡figúrate que a una niña, porquemanifestó asco al vaso
de otra, la hizo comer las sobras de todas lasdemás en un plato! Hay otra llamada
María del Socorro, de la misma edadque Maximina, muy dulce, muy tímida; cuando
las niñas enredaban en suclase, no teniendo ánimo para reñirlas o castigarlas, se
echaba allorar. Pero los amores de mi niña eran la hermana San Sulpicio, unaandaluza
hermosísima, llena de gracia y atractivo; había cuatro chicasenamoradas de ella
perdidamente; pero la que se llevó la palma y llegó aser su favorita al cabo de algún
tiempo, fue Maximina; sin embargo, lahermana, que era un poco coqueta al parecer,
se complacía algunas vecesen mortificarla mostrándole gran frialdad o adoptando con
ella uncontinente severo, hasta que viendo su cara contristada, se echaba areír y le
 
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