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Riverita

dolor, que cada veziba maravillando más al viajero. Después de estar algún tiempo
desobremesa, retirose a descansar. Cuando por la mañana se levantó,encontró a toda
la familia muy triste y como consternada. Les preguntóen seguida con interés qué les
pasaba de malo.
—¡La pobre madre!—exclamó una de las niñas.
—¿Qué le ha pasado? ¿Está enferma?—preguntó.
—Ahí la tiene V.
—¿Dónde?—dijo mirando a todas partes, sin ver rastro de china.
—Ahí.
—¿Pero dónde?
—Esa marrana que tiene V. delante.
—¡Cómo!—exclamó mi amigo, creyendo que el chino se había vuelto loco.
—Sí, señor; ya sabíamos en casa que de esta semana no podía pasar.Usted, señor,
por lo visto, no sabe lo que ocurre en este pueblo...
El chino le explicó entonces que en aquella villa había una enfermedad,por
desgracia muy común, que se llamaba cerdofalgia, y que consistíaen la trasfiguración
del hombre en cerdo. De ahí la inmensa cantidad decerdos con que tropezaba en las
calles. El primer síntoma de estaenfermedad era el mal humor: en este primer grado,
los enfermos podíancurarse como los tísicos, y al efecto siempre que alguno era
atacado, seempleaban para volverle a la salud mil clase de fiestas y regocijos, enlas
cuales tomaba parte toda la familia. Algunos salvaban, pero lamayoría pasaban al
segundo período, llamado «del silencio,» porquehablaban muy poco: todavía en este
grado, salvaba uno que otro. Pero sidesgraciadamente entraban en el período de los
«gruñidos,» entonces eracosa perdida: al cabo de algún tiempo, venía la
trasfiguración. Suseñora hacía ya dos meses que estaba en el tercer grado.
Mi amigo quedó pasmado y comprendió por qué cuando gruñía el ama de
casahacían todos gestos de resignación.
Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía esfuerzos sobrehumanos
paracontener las carcajadas que se le escapaban de la boca, viendo loamoscada que se
había puesto Rufa.
En aquel momento entró doña Rosalía con otra señora de su misma traza.Miguel al
verlas dejó apresuradamente el paño y el plato que tenía enlas manos, para que no le
viesen ocupado en tarea tan poco varonil.Después de cambiar algunas palabras,
Maximina, sin darse cuenta de loque hacía, le alargó dos platos diciendo:
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