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Riverita

D. Bernardo dejó a su sobrino arrimado a la mesa de escribir y comenzó apasear
silenciosamente y con las manos atrás; sopló con fuerza tres ocuatro veces, desgarró
otras tantas, y dijo al fin parándose uninstante:
—Miguel, tú tienes uso de razón, ¿no es cierto?
Miguel le miró, abriendo mucho los ojos, sin contestar.
—¿Has cumplido los siete años?—manifestó su tío poniendo el conceptomás al
alcance del niño.
—Tengo ocho.
—Tanto mejor... En efecto, tu padre se casó diez años después queyo... hace nueve
aproximadamente... Muy niño eres aún para entenderciertas cosas. ¡Muy niño! ¡Muy
niño!
Y D. Bernardo contempló con expresión de lástima a su sobrino, queapenas podía
posar, estirándose mucho, la barba sobre la mesa, y meditóbreves momentos: después
continuó paseando.
—Sin embargo, pienso, Miguel, que harás un esfuerzo para entenderme...¿no es
verdad que lo harás?... No es menester que penetres por completoel sentido de mis
palabras, porque en edad tan tierna no es posible;basta con que te hagas cargo de lo
que voy a decirte... de lo que tengoencargo de decirte—añadió rectificando.—Has
tenido la desgracia deperder a tu madre cuando naciste, de no haberla conocido; era
unaverdadera dama, noble, distinguida, de modales muy finos, y que se hacíarespetar
de todos. En este concepto, nuestra familia nada tuvo queoponer al matrimonio de
Fernando, por más que tu madre no fuese rica,que no lo era en verdad: la distinción,
los modales, las relacionescompensan muy bien la falta de fortuna. Mercedes estaba
relacionada conla mejor sociedad de Madrid y sabía hacer los honores de un salón
comola primera. Desgraciadamente para tu padre, falleció al año de estarunidos,
cuando el tapicero no había terminado aún de arreglar los dossalones que habían
destinado para recibir, cuando aún no se habíanrepartido todas las papeletas de enlace.
Si algo pudo mitigar el dolorde Fernando, fue el testimonio de respeto que en aquella
ocasión seapresuró a darle la espuma de la sociedad madrileña: más de
doscientoscoches particulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; S. M.mandó
el coche de respeto con los lacayos enlutados; después serecogieron a la puerta más
de seiscientas tarjetas de pésame, y a losfunerales que por el eterno descanso de su
alma se celebraron en SanIsidro, acudió un sinnúmero de personas de calidad, y en
representaciónde S. M., el mayordomo de Palacio. Yo presidí el duelo de familia,
elsegundo cabo el de militares, y Monseñor Giner el de sacerdotes. Sobreeste punto
no hay más que decir: todo fue conforme a los usosestablecidos y a lo que exigía el
decoro de nuestra familia.
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