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Riverita

silenciosa; era unverdadero derviche del mar, cuya aspiración única parecía consistir
enpenetrar más y más en este elemento y fundirse y disolverse al cabo enél, como una
piedra de sal. Por lo demás, en el pueblo era consideradocomo un buen vecino y
marino muy inteligente.
Este hombre, que cruzaba por el mundo en zapatillas, fue el compañeroconstante de
Miguel en sus excursiones marítimas. Claro está quehablaban poco, casi nada; pero
nuestro joven había creído comprender porgestos, por gruñidos, más que por palabras,
que era simpático a D.Valentín, lo cual podía achacarse a la afición que mostraba a la
pesca.Sobre todo desde cierto día en que enganchó (pura casualidad) unamagnífica
robaliza y consiguió meterla a bordo, el ex-capitán le guardó,aunque tácitas, altas
consideraciones. Además, había adivinado tambiénque el ex-capitán profesaba un
afecto vivísimo a su sobrina Maximina,bien pagado por parte de ésta: ambos se
comprendían admirablemente, consólo mirarse, y se tributaban todas las pruebas de
cariño que podían. Ydigo podían, porque doña Rosalía estaba al tanto de este cariño y
nomanifestaba tendencias muy decididas a alentarlo.
Por todo esto Miguel fue estrechando su amistad con él. Maximina cadadía se
mostraba a sus ojos más simpática e interesante. Las personascandorosas y sinceras
tienen la ventaja de no repetirse. Así que, sinque ella pudiese sospecharlo, al mismo
tiempo que le abría su alma paraque hundiese la mirada en ella, iba cautivando la de
su joven huésped,en términos que a éste llegaron a fastidiarle todos en la casa si
noeran Maximina y su tío. Hablaba con aquélla largos ratos aprovechandolos
momentos en que venía a arreglar su sala.
—¿Está V. ocupado, D. Miguel?
—Ahora voy a dejar la tarea.
Y mientras salía del cuarto y Maximina se ponía a asearlo, charlabanalegremente.
Miguel la embromaba con el convento: ella se defendíanegando que tuviese por
entonces intención de encerrarse en él. Sinembargo, al través de estas negativas se
traslucía que acaso con eltiempo llegase a realizarlo. Un día poniéndose serio le dijo:
—No soy partidario de los conventos. Las virtudes más hermosas de lareligión
cristiana, que son la caridad y el sacrificio por los demás, nopueden practicarse sino
en medio de la sociedad. ¿Para qué sirven todaslas que una joven llega a adquirir si
han de quedar encerradas entrecuatro paredes; si el mundo no se ha de aprovechar de
ellas jamás? Lasúnicas monjas a quienes respeto y admiro con todo mi corazón son
lashermanas de la caridad.
Maximina le miró sorprendida y no contestó. Todo el día estuvo un pocopensativa.
Solían reunirse diariamente a la hora del oscurecer algunos jóvenesdelante del
estanquillo, aunque no en tanto número como los domingos.Las noches eran apacibles
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