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Riverita

por lo original, consiguió interesar a nuestrojoven. No poco contribuyó a ello también
el no haber visto a su amantehacía ya cerca de un mes. Con la separación se había
refrescado un pocoel recuerdo de sus fortunas, que en los últimos tiempos habían
perdidopara él bastante atractivo. Al llegar al medio de la ensenada, Úrsula ledijo:
—Estamos a medio camino, señorito.
Miguel se puso en pie, encendió otro fósforo y lo mantuvo vivo todo eltiempo que
duró.
—¿Sabe V., señorito—le dijo Úrsula,—que si hay alguno por ahí envela, y nos
observa, no sé qué pensará de nosotros?
—Pensará que somos novios, ¿y qué mal hay en eso?
—Para V. ninguno. ¡A mí, buena me pondrían!
En aquel instante surgió otra luz en tierra, pero no ya sobre losárboles, sino más
baja.
—¡Mire V., mire V. el fosforito!—exclamó con acento malicioso.
—Rema, rema: a ver si llegamos pronto a la orilla—repuso Miguel.
Un toque de corneta se dejó oír en el silencio de la noche, claro,estridente,
partiendo del Ancho.
—¿Qué es eso?—preguntó el joven, asombrado.
—No sé—contestó la batelera con no menos asombro.
Otro toque contestó al primero desde la opuesta orilla. Oyéronse despuésvoces de
mando y ruido de pasos a la carrera.
—Boga, boga de prisa, a ver qué diablos significa ese trajín—dijoMiguel.
Úrsula obedeció, y no tardaron muchos minutos en llegar cerca de tierra.Pero al
saltar en ella nuestro joven, un grupo de seis o siete soldadosavanzó hacia él,
poniéndole las bocas de los fusiles sobre el pecho.
—Darse preso todo el mundo.
Miguel quedó pasmado.
—¿Pero por qué?...
—A ver—dijo el sargento, sin escucharle,—uno de vosotros que registreel bote, y
vosotros dos meteos por ahí entre los árboles y pilladme alos cómplices.
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