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Riverita

He aquí el modelo de su estilo:
«Al estudiar concretamente los importantes problemas que se relacionancon el
fomento de los intereses generales, base de la prosperidadindividual y colectiva, no
puede desconocerse, en manera alguna, lomucho que en su resolución influye una
acción sistemática y continua,en lo que toca a la administración pública, tan poderosa
para removerlos múltiples obstáculos que estorban la marcha próspera de
undeterminado país. No es que nosotros desconozcamos que en su esferarespectiva se
precisa el concurso inteligente de todas aquellas otrasentidades, capaces de descubrir
las fuentes de riqueza, que son otrostantos factores del bienestar social, siempre que el
trabajo empleadopara obtener el fin propuesto, responda a las exigencias de una
razónilustrada por las lecciones de la práctica, etc., etc.»
Cuando vinieron a contar a Miguel que el general decía que los escritosde Ramos
(así se llamaba el viejo de los fondos), tenían más peso quelos suyos, exclamó:
—¡Claro, por eso no pueden digerirlos más que los avestruces!
XI
Llegó el mes de julio. La generala Bembo se fue huyendo del calor aBiárritz.
Miguel no la siguió al instante, porque tenía que llevar a sumadrastra y hermana a
Santander; pero convino con ella en ir a pasar elmes de agosto a Pasajes, donde D.
Pablo había tenido el capricho en otrotiempo de edificar una magnífica casa de
campo. En este retiro suave ycampestre contaba la generala imitar la deliciosa égloga
de Pablo yVirginia, y un poquito también, si posible fuera, la pasión libre ysalvaje de
Chactas y Atala.
Después que dejó instalada a su familia y supo que Lucía estaba ya enPasajes, se
trasladó a este punto en un vapor. Salió de Santander alrayar el alba: el cielo diáfano,
como pocas veces suele verse enaquella costa; la mar azul y rizada. Corría un viento
fresco y ligero,que ensanchaba el pecho y abofeteaba las mejillas. Subió al puente
conel capitán, que se reía de verle tambalearse y cogerse fuertemente a labarandilla, y
desde allí contempló el espectáculo sublime de levantarseel sol en el mar. Se levantó
como siempre, magnífico, sereno, sinmostrar temor alguno a los touristes, que le
describen en sus cartas alos periódicos, ni menos a los poetas cursis, que le traen y le
llevan yalgunas veces hasta le mandan pararse para que escuche sus simplezas.
Elcapitán se paseaba con las manos en los bolsillos, sin hacerle malditoel caso (al sol,
no a Miguel), y cuando éste, sin poder contenerse,soltaba alguna exclamación de
entusiasmo, se detenía y le preguntaba conamabilidad:
—¿Le gusta a V. el sol?
—¡Muchísimo!
 
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