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Riverita

Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos parano
desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreíaun poco avergonzado.
Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.
—La cosa no merece tanta risa—concluyó por decir el primo, amostazado.
Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado unpoco,
vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.
—¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te havisto tu padre?
—No: me he ido a vestir a casa de un amigo: tengo allí el traje...
—Pues si te ve, de fijo le da un ataque. ¿Y a qué asunto te has vestidohoy de chulo?
—¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?
—¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?
—¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. Aeso venía,
a ver si quieres ir conmigo.
—Hombre—dijo indeciso,—no soy muy aficionado a los toros; pero elCigarrero
me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?
—Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado yasabes que
no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas;pero estamos cerca.
—¡Ay, llévame, Miguel!—exclamó Julita saltándole al cuello.—Llévame alos
toros.
—¿Tienes deseo?
—¡Muy grande! Los toros me encantan.
—¡Eso, eso!—gritó Enrique entusiasmado. Tú eres española de pura raza.¡Pisa ese
sombrero, chiquita!
Y lo arrojó al suelo.
Julita no se anduvo con melindres; tomó la galantería al pie de la letray se puso a
taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que siEnrique no acude a tiempo
se lo hace pedazos.
—Está visto que contigo no se puede ser galante—dijo de mal humormientras lo
limpiaba con la manga de la chaqueta.
Miguel, previo el permiso de su madrastra, mandó al criado por unacarretela a casa
de Lázaro y por un palco a la de un revendedorconocido. Después que madre e hija se
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