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Riverita

de las dulzuras de la muerte,del mundo invisible y de las regiones donde el amor es
perdurable: nuncase creyó tan superior, tan por encima del nivel común de la
humanidadcomo entonces: compadecía sinceramente a los seres vulgares que
enaquellas horas estaban tranquilamente durmiendo y no gozaban como ellosdel
mágico efecto de la luna sobre la nieve. Miguel no los compadecíatanto, sobre todo
desde que había estornudado cuatro o cinco vecesseguidas.
Al ver un rinconcito en que la nieve había cuajado en más abundancia,circundado
de alto seto de rosal donde los árboles dejaban pasar porentre sus brazos, delgados
hilos de luz, la generala se detuvosorprendida y cautiva; un pensamiento extravagante
cruzó por su cabeza yuna sonrisa entreabrió sus labios. Tomó la mano de Miguel y lo
condujosuavemente hasta el centro de aquel fantástico recinto, y se dejó bañarun
instante por el rayo de la luna. Mil pensamientos poéticos cruzaronentonces por la
imaginación de la dama. ¡Qué desprecio y qué asco leinspiraba en aquel momento el
mundo frívolo que se veía obligada ahabitar! Desde aquel blanco nido inmaculado se
debía ascender a laspuras regiones de lo ideal, al país de los ensueños, a vivir y
comerciarcon los seres privilegiados, donde la pasión impera sin absurdas
trabassociales. Sentíase trasfigurada en semi-diosa, sublimada por la pálidaluz que la
inundaba y el blanco tapiz que se extendía a sus pies,divinizada por el enjambre de
altas y hermosas ideas que revoloteabanpor su cabeza. La acometió un rapto de
apasionada locura, y se colgósúbitamente al cuello de su amante, cubriéndole de
besos: después, comoun pájaro herido de amor, se dejó caer sobre la nieve y obligó a
Miguela sentarse a su lado: y comenzó a recitar con voz enternecida el poemaque más
le había subyugado nunca, Le Lac, de Lamartine. Las manosenlazadas, juntas las
sienes, la mirada húmeda y anhelante, fija en eldisco de la luna, dejáronse arrastrar
ambos dulcemente al mundo de lasquimeras deliciosas y se repitieron con acento
arrobador lo que milveces se habían dicho ya. El blanco manto de armiño conservó su
huellahasta que el sol vino a borrarla.
IX
Julita soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta elgabinete de
Miguel. «¿De qué se reirá aquella loca?» se preguntó éstesonriendo también frente al
espejo mientras se aderezaba para salir.
—¡Miguel! ¡Miguel!—gritó su hermana desde el pasillo.—Ven aquí, porDios;
¡mira, por tu vida!
Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vio a su primoEnrique en traje
de chulo; chaquetilla corta, faja de seda, camisolabordada sujeta al cuello por botones
de oro, sombrero ancho de fieltro,pantalón ceñido y bota de charol: el complemento
del traje era una varaen la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.
 
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