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Riverita

pudiendo hablarle sin obstáculoalguno, prefería emplear un sin número de signos
masónicos o señalesmisteriosas hechas con el abanico, los guantes, los gemelos o
cualquierotro utensilio, de lo cual resultaba en ocasiones no poca confusión
yperplejidad para Miguel. Las cartas que le escribía iban siemprefirmadas con nombre
de varón, Alfredo, como si fuesen de un amigo aotro; mas no por eso dejaban de venir
salpicadas con toda clase defrases apasionadas: «Te adora con todo su corazón...
Alfredo.»«Querido de mi alma, los minutos lejos de ti se convierten en siglos...»«Ayer
contemplando la luna desde el balcón de mi cuarto me asaltó elrecuerdo del paseo
nocturno que hemos dado hace algunos días y sentíresbalar las lágrimas por mi
rostro...» «Te manda un tierno abrazoapasionado tu Alfredo.» Si las tales cartas se
extraviasen daríanmucho que pensar y reír al curioso que con ellas topara.
Y en verdad que Lucía no las escaseaba: nada le placía tanto comodisolver el ardor
de su corazón gastado en renglones interminables.Había leído muchas novelas y
copiaba descaradamente los conceptosamatorios de más bulto: particularmente Jorge
Sand, su novelistapredilecto, le suministraba un cargamento de pensamientos, unas
vecesdelicados, otras extravagantes, con que sazonar sus inconmensurablesepístolas.
Su puntillo consistía en escribirlas muy espirituales,plagadas de signos de admiración
y puntos suspensivos. No pocas veces,después de pasar con Miguel unas cuantas
horas, le mandaba por ladoncella cinco o seis pliegos de letra menuda.
La fantasía de la generala era todavía más fecunda en la invención denuevos y
peregrinos placeres. Cierta noche del mes de marzo, en que porrareza cayó una fuerte
nevada sobre Madrid, mirando descender lentamentelos copos por la atmósfera, le
vino en apetito el hacer una escursión alRetiro con Miguel.—¡Qué hermoso debe de
estar a estas horas! Veremos lanieve cuajarse en las calles de arena y formar alfombra.
¡Qué placerhundir los pies en ella!... ¡Y los árboles! ¿cómo estarán los árboles?¡Qué
lindos!... A mí me encanta la nieve... ¿Te atreves a ir?... ¿A queno?
Claro que Miguel no se atrevía y que deploraba en el alma aquel rarocapricho; pero
se avergonzaba de confesarlo. Opuso resistencia, aunquedébil; manifestó algunas
dudas acerca de si les consentirían la entrada;habló vagamente de pulmonías, fiebres
catarrales, etc. La generala no leescuchaba; le parecía su proyecto tan original, que
por nada dejaría deponerlo en obra; era de lo más romancesco que nunca se le
hubieraocurrido. Miguel aceptó al fin, aunque de mala gana. No obstante,
cuandosalieron a la calle y vio que el cielo se iba despejando y que la lunaasomaba ya
su disco plateado por los bordes de una nube, no pudo menosde proferir una
exclamación de entusiasmo.
El Retiro estaba espléndido, arrebujado en su jaique blanco. Laamartelada pareja lo
recorrió con extremado gozo, deteniéndose a menudopara comunicarse sus
impresiones. Aquel paisaje, un poco teatral, debíaenajenar de placer a la generala.
Caminaba en perpetuo éxtasis, dejandoescapar exclamaciones de asombro, hablando
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