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Riverita

Gracias a una de estas sorpresas, y secundado con energía por algunosmuchachos,
que al verle tan asiduo en la asistencia le respetaban yacomo un sabio en ciernes,
consiguió Miguel ser secretario tercero de lajunta directiva, encargado del alumbrado
y calefacción. Y queriendo daruna gallarda prueba de su celo por los intereses del
Ateneo, así quetomó posesión del cargo, hizo poner hornillas de cock en las
chimeneas ysuprimió la leña, que ocasionaba un gasto demasiado considerable. Mas
heaquí que esta patente economía, en vez de satisfacer a los socios, lesdisgusta y
levanta polvareda; los viejos se pusieron inmediatamenteenfrente del audaz
reformador y algunos jóvenes también. ¿Para quésirven esas economías? ¿Para traer
más libros? Demasiados hay en labiblioteca. Un orador novel, joven, tradicionalista e
imitador de DonosoCortés, que en las juntas generales del Ateneo se ensayaba para
elCongreso, le apostrofó duramente, luciendo una voz y un juego deactitudes que
envidiaría Mirabeau: demostró hasta la saciedad, queaunque el cock proporcionase el
mismo calor que la leña, había en éstaun algo espiritual que satisfacía necesidades de
orden más elevado; hizopresente que el Ateneo no era una sociedad de mercachifles
ocupados enrecoger ochavos, y que el sórdido interés debía ser arrojado del templode
la ciencia a latigazos (aquí bebió un sorbo de agua azucarada y selimpió después los
labios con esmero). Expresó su profunda sorpresa deque un joven fuese quien tomara
la iniciativa en la funesta empresa deprivar de comodidades a los hombres que
trabajan en el campo de laciencia, y con tal motivo exaltó el respeto que le es debido
y quesiempre se ha tributado al sabio, haciendo un bello y minucioso parangónentre
éste, que con sus obras eleva y enriquece los espíritus, y elobrero de la materia, que
eternamente será siervo de la gleba,decidiéndose, claro está, por aquél. Por último,
terminó diciendo que aldeclararse partidario incondicional de la leña, no le impulsaba
ningúnmóvil bastardo, que no se hacía eco de ningún resentimiento particular,porque
no cabían en su corazón tales miserias vergonzosas; hablabasolamente por el deseo
generoso de mantener en el Ateneo el selloespiritual que siempre le había
caracterizado. Este elocuente discursoprovocó muchos aplausos entre los socios,
particularmente los viejos,los cuales en las primeras elecciones de cargos derrotaron a
Miguel,nombrando en su lugar al joven tradicionalista.
Tanto como a Miguel le aburrían los discursos hueros y ampulosos que
sepronunciaban en el salón de sesiones, tanto le agradaban a su antiguoamigo y
condiscípulo Mendoza y Pimentel. Muy rara vez se le veía en labiblioteca con un
libro abierto; pero en cambio, por milagro perdía unasesión lo mismo de la sección de
ciencias exactas, que de la de moralesy políticas o literatura. Admiraba
profundamente a casi todos losoradores, cuanto más campanudos mejor, y se
enfadaba con Miguel cuandoéste hacía burla de ellos. Poco a poco se había ido
modificando laopinión que de él tenía formada desde la infancia. Después de haber
oídoa los oráculos del Ateneo, comprendía que Miguel era un chico listo,«pero
bastante ligero.» Ya no le pedía dinero, porque había ascendido adiez y seis mil reales
de sueldo, los cuales empleaba casi todos envestirse y una mínima parte en comer;
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