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Riverita

la barrera, y cuando lo hizo pordelante, era tan cerquita de ella, que a cierta distancia
parecía pordetrás. Llegado el momento crítico de poner las banderillas, que fue enel
segundo novillo, las cogió, y aunque muy pálido, marchó resueltamentehacia él; se
puso con los palos en cruz, y alzándose sobre la punta delos pies, comenzó a mugir
terriblemente para llamar la atención delanimal; y en efecto, así que éste le vio en
aquella actitud fanfarrona,vino rápidamente a embestirle. Mas, con gran asombro y
vergüenza de susamigos, en vez de clavarle las banderillas las soltó de las manos, y
laemprendió a todo correr hacia la barrera. No pudo saltarla. Antes que lohiciese, el
toro le había cogido por la parte posterior, y le habíatirado al alto. Todos acudieron y
sofocaron al becerro con los capotes.Pero Enrique, levantándose furioso contra él, e
indignado contra símismo por aquella vergonzosa huida, comenzó a gritar como
unenergúmeno:—¡Dejádmelo, dejádmelo!—Y arrancando unas banderillas alprimero
que encontró, se fue ciego, frenético hacia el toro, y se lasclavó en el pescuezo,
sufriendo por ello una nueva cogida.Afortunadamente, ninguna de las dos tuvo serias
consecuencias; lospantalones rotos y algunas contusiones. Los espectadores,
desternilladosde risa, le aplaudían con calor y hasta le tiraron cigarros.
Quedó muy ufano de este triunfo; tanto que, acercándose al sitio dondeestaban
Miguel y el Cigarrero, le preguntó a éste:
—¿Eh? ¿Qué le ha parecido a V., maestro?
—No ha tao mal—contestó el torero sonriendo.
VII
Miguel no había dejado de ser nunca uno de los socios más asiduos delAteneo.
Aunque no tomaba parte en las discusiones sobre los pueblossemíticos, se había
hecho notar bastante en los círculos privados que seformaban por las noches en el
vasto corredor del establecimiento, y sele tenía por un amable y despejado
compañero. Trabó amistad con otrosjóvenes moluscos de los que más bullían, y éstos
no tardaron encomunicarle la fiebre de cargos honoríficos que a ellos les devoraba.
Laambición ardía en los pechos de los exploradores de la raza semítica;apetecíanse y
buscábanse con noble emulación los cargos de secretariosde las secciones. ¡Era tan
brillante el levantarse en el comienzo delas sesiones a leer el acta de la anterior! Las
intrigas tenebrosasmenudeaban; las traiciones eran cosa corriente. Había dos
bandosprincipales: el de los viejos y el de los jóvenes; los primeros eran másen
número, y vencían siempre que no se les cogía descuidados; lossegundos, más
activos, tramaban asechanzas para derrotar a loscandidatos contrarios, unas veces
presentando los suyos, en unión dealguna persona ilustre y respetable, otras veces
aprovechando las nochesde más frío en que los viejos no se atrevían a salir de casa,
otrasdividiendo con astucia a los enemigos; todos los medios eran lícitos.
 
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