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Riverita

amigos,cambiándolas por las de uso. De todos los tendidos se oían vocessaludando a
los lidiadores: éstos cambiaban gritos y saludos con losespectadores, y sostenían
conversación con ellos en alta voz.
Hasta aquí todo marchaba perfectamente. El marquesito alguacil recogióla llave que
la presidenta le arrojó, y fue haciendo corvetas aentregársela al encargado de abrir el
toril, cargo que, por cierto, sehabían disputado un vizconde y el hijo del presidente del
TribunalSupremo. Sonó el clarín y saltó al redondel un torete negro, con bragas,de
bonita lámina. El primer sentimiento que los lidiadoresexperimentaron al echarle la
vista encima, fue de traición o engañomanifiesto. Todos ellos le habían visto varias
veces, primero en elencierro y después en el corral; pero nunca les pareció ni la mitad
degrande que entonces. Así que, sospechando que pérfidamente se lo habíantrocado
en el chiquero, cambiaron repentinamente el color fresco ysonrosado de sus mejillas
por un blanco mate nada vistoso. Y por unmovimiento simultáneo, que probaba la
unidad de sus convicciones, sepegaron todos a la barrera y colocaron el pie en el
estribo, preparadosa cualquier evento. El novillo se disparó contra uno de ellos.
Todos,como un solo hombre, saltaron la barrera. El novillo, viendo el campolibre, se
paseó por él a su talante, en medio de la gritería y algazarade la gente. Un buen rato se
estuvieron los lidiadores entre barreras,celebrando consulta, hasta que al fin,
estimulados por los amigos de lostendidos, que no cesaban de perseguirles con gritos
y pullas, y por elpoquillo de vergüenza que todavía les quedaba, después de la salida
deltoro, se decidieron a entrar de nuevo en el redondel. Pero fue con todacalma,
montando sobre la barrera como si estuviesen impedidos de laspiernas, y bajándose
después poquito a poco; parecía que iban a entraren un baño de agua fría. Uno de
ellos tuvo la audacia de separarse comocinco o seis pasos del tablero, y llamar la
atención del novillo con elcapote. Una mirada severa del toro bastó para hacerle
brincar la barrerasin poner el pie en el estribo.
La corrida fue rica en incidentes. Caídas, choques, atropellos, saltosmayores que el
de Alvarado, de todo hubo, hasta cogidas, lo cual, enverdad que parecía imposible.
Apenas tiraban el trapo, se echaban acorrer llenos de pánico, dándose con los talones
en las nalgas, yprecipitándose de cabeza por encima de las tablas, sin que el toro
sehubiese movido de su sitio. Los banderilleros clavaban los palos en elaire muchas
veces; otras en alguna región ignorada del animal. Losespadas igualmente pinchaban
donde podían, sin aproximarse jamás, ni porcasualidad, al sitio verdadero. En vano
saltó el Cigarrero más de veinteveces al redondel a poner orden; en vano les arreglaba
los novillos y selos cuadraba, de suerte que no había más que dejarse caer; de
todosmodos la confusión, el ruido y las atrocidades de todo género no cesaronen toda
la tarde.
Enrique, que vestía una chaquetilla elegantísima de terciopelo colorgranate, en los
comienzos de la lidia dio, como sus compañeros, ejemplode prudencia y
circunspección. Rodeó, sí, infinitas veces la plaza, perofue, casi siempre, por detrás de
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