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Riverita

Los grandes ojos azules, lascivos, de la generala, se clavaban conamorosa inquietud
en su amante al proferir estas palabras.
Miguel despertó de la indiferencia en que yacía.
—Todo eso eres, cielo mío... Todo eso y mucho más—contestó,apretándole con
efusión las manos.
—¡Si fuese cierto!... Pero no... tu amor va siendo cada día mástibio... A medida que
el mío se enciende, el tuyo se apaga...
—¡No lo creas, Lucía!—exclamó el joven, dando a su exclamación mayorfuego del
que le hubiera correspondido si no se hubiera tomado un pocode trabajo.—¡Te
adoro... te adoro con pasión loca... frenética! Eres elúnico pensamiento dulce que
anima mi existencia... Pídeme la vida, y meverás darla con alegría...
—¡No quiero tu vida, chiquillo!—dijo la generala sonriendo yhaciéndole mimos
con la mano en el rostro.—Quiero tu amor; pero un amorverdadero, grande, infinito...
¡Tú no sabes las locuras que yo sueño,los castillos que levanto en el aire! Muchas
veces me figuro que enefecto me adoras con todo tu corazón, con todas las fuerzas de
tu alma,y que yo soy para ti lo que fue Beatriz para el Dante y Laura para elPetrarca,
un objeto divino que te preserva de todo pensamiento innoble,que gracias a mi amor
se va engrandeciendo tu espíritu, despierta tugenio, el genio que tienes en el fondo del
alma... porque yo estoysegura de que lo tienes...
—En efecto, tengo un genio muy malo; a veces no hay quien me resista.
—No, no; es otra clase de genio—dijo la dama riendo.—Mas aunque estono fuese
una quimera, aunque tú alcanzases algún día la celebridad, soymuy tonta en forjarme
ilusiones... Tú estás comenzando la vida casi,casi... el porvenir se presenta risueño.
Cuando llegues a donde yo creoque tienes derecho a llegar, ¿qué seré para ti?... Una
vieja que hacometido la insensatez de amarte. Una pobre mujer
enamoradaridículamente...
—¡Alto, querida! Te anuncio que ya estoy enternecido. No sigasadelante, si no
quieres verme hacer pucheritos... Hablemos de otracosa—añadió reclinándose
perezosamente en el sofá y estirando laspiernas con demasiada confianza,—hablemos
de Pérez Almagro.
Pérez Almagro era el último amante que la generala había tenido, y queno dejaba de
inspirar cierta inquietud, ya que no celos, a nuestrojoven.
—¡Oh, qué cruel eres! ¡No perdonas medio de hacerme sufrir!
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