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Riverita

A las nueve en punto de la noche, en la calle de Fuencarral, esquina ala de las
Infantas, Miguel esperaba a la generala, que debía cruzar enun coche de alquiler. Así
lo habían convenido.
El coche se detuvo. ¡Con qué emoción placentera abrió nuestro joven laportezuela
de la berlina y se sentó al lado de Lucía! El cocheroesperaba órdenes. Viendo que no
se las daban, preguntó, inclinándose ala ventanilla y con voz áspera:
—¿A dónde?
Ambos se miraron indecisos. A Miguel se le ocurrió por fin decir:
—Atocha, 145.
Era la mayor distancia que halló. Abrigaba el designio de ir a otraparte, pero era
necesario convencer a la generala.
Las calles estaban cuajadas de gente; las luces de los faroles y las delos escaparates
iluminaban las aceras y los rostros de los transeúntesque se detenían a mirar los
objetos exhibidos. La villa entera salía enesta hora a gozar de las dulzuras de la
civilización, que trasforma lanoche en día, el silencio en ruido, la soledad en
confusión y algazara.
Al entrar en la berlina, había apretado con efusión la mano enguantadade la
generala y la había conservado en su poder. Ésta le acogiócariñosa, pero un poco
triste y circunspecta. Hablaron en los primerosmomentos con embarazo de los
pormenores de la cita, el tiempo que habíaesperado Miguel, lo que había causado el
retraso de la generala, etc.,etc. Lucía aprovechó, no obstante, el motivo para
recomendarle de nuevomucha discreción. Miguel juró y perjuró que su silencio
igualaría al delas tumbas. Poco a poco fue desapareciendo la reserva natural de
losprimeros instantes y entraron en íntimo y grato coloquio. Miguel volvióa describir
las fases de su amor, presentándolo más arcano y enmarañadoque nunca; la reflexión
le había suministrado un sin fin de pensamientosdelicados, vagas lucubraciones,
dulces psicologías y frasesespirituales, que fue vertiendo como flores de su ingenio en
el regazode la bella. Ésta las recibió con extremado gozo, estimulando con
suadmiración y con tal cual concepto atrevido, pues era mujer de vivaimaginación, el
talento y la fantasía de nuestro joven. El coche rodabacon áspero traqueteo por las
calles, sin caminar por eso con granceleridad. La decoración de las tiendas y
escaparates iluminados, elgentío que discurría por las aceras, los coches que sin cesar
cruzabande un lado y de otro, pasaban totalmente inadvertidos para los amantes,que
saltaban sobre los cansados muelles del simón, en animada plática,devorándose con
los ojos.
Miguel planteó al fin el problema que bullía en su cabeza: el de ir apasar un rato en
buen amor y compaña a cualquier parte.
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