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Riverita

generala, como rasgos de una naturalezasuperior. Lisonjeado en su amor propio,
embriagado por las miradas de lahermosa, en aquel momento creía cuanto afirmaba,
juzgándose un serextraño y digno de admiración.
Pero agotada la psicología amorosa, nuestro Riverita sintió un vagomalestar, muy
semejante a la vergüenza. En un intervalo de silencio sele representó de improviso lo
ridículo que había estado con aquellapalabrería altisonante y metafísica ensortijada
que jamás hasta entonceshabía usado, para declararse a una mujer; y no pudo menos
de reírse desí mismo. La aventura comenzó a parecerle por demás extraña. Hallarse
enocasión tan propicia al lado de una mujer como Lucía que le confesabafrancamente
sus pecados, ser su amante, y pasar el tiempo disertandosobre materias abstractas, y
haciendo el papel de ser incomprensible ymisterioso, era cosa tan singular, que rayaba
en lo absurdo. Como ya notenían que decirse, los intervalos de silencio eran cada vez
másprolongados. Ambos miraban, por las ventanillas, el paisaje, que se
ibaoscureciendo poco a poco. El carruaje se deslizaba suavemente con rumorblando y
voluptuoso; los caballos, enderezados hacia casa, piafaban devez en cuando con la
perspectiva del pesebre.
La generala, que se había quedado melancólica, le miraba en silenciosuave y
tristemente.
¡Pero esto es estúpido!—se dijo de pronto Miguel, dando un suspiro. Yresolvió en
el acto descender de las alturas y humanizarse. Era difícil,no obstante. ¿Cómo
empezar?
Empezó tomando una mano de la generala. Esta, completamente embebecidaen sus
ensueños vagos y dulces meditaciones, no pareció advertirlo. Eljoven la llevó después
a sus labios, sin que tampoco lo advertiese.Entonces, un poco temeroso, pero
venciendo el deseo a la timidez,introdujo el brazo por detrás de su espalda, y quiso
estrecharla lacintura. La generala, advertida al cabo, procuró separarlo, pero
tansuavemente, que el brazo volvió al instante al mismo sitio; tornó ladama a
separarlo más blandamente todavía, y el brazo, cual si tuviera unresorte, volvió a su
posición. Después intentó besarla y la besó.Después quiso que ella le besara a él;
resistió un poco; al cabo cediódiciendo:
—Te doy un beso maternal; no te imagines otra cosa.
Después... la hermosa generala le dejó en la calle Mayor a la puerta desu casa,
cuando ya los faroles, recién encendidos, rompían débilmentelas sombras del
crepúsculo.
—Hasta mañana... a las nueve en punto... ya sabes, en la esquina de lacalle de las
Infantas.
III
 
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