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Riverita

dolerse de noser más joven para realizar por entero el sueño de amor que toda lavida
le había perseguido.
—¡Cuánto daría por tener algunos años menos, y ser libre de volarcontigo a algún
hermoso rincón lejos de este ruido infernal, de estaeterna murmuración, de toda la
miseria que nos rodea! Una casita a laorilla del mar, bañada a todas horas por la brisa,
un jardinillo quecuidar, un pedazo de pan que llevarnos a la boca y salud para correr
ysaltar por los campos. ¡Era lo bastante para ser felices!
Entraron en pleno idilio. Lucía trazó con vehemencia el cuadro de lafelicidad
pastoril; pintó la vida sencilla, frugal, inocente, del campo,las inefables dulzuras de la
familia; se representó a Miguel saliendo decasa y viniendo rendido de fatiga a la hora
del crepúsculo paradescansar en sus brazos; a ella cosiendo o bordando a su lado;
otrasveces, yendo a la pesca juntos, o a dar un paseo a caballo, o a cogermoras
silvestres por el campo...
—¡Oh!—dijo Miguel un poco exaltado—¡aún podemos ser felices!
—¡Si eso fuera verdad!... Pero no; yo no puedo ser para ti más que unamadre...
Miguel no quiso de modo alguno aceptar la maternidad.
—¡Nada de madre... no, no... yo quiero ser tu amante... tuamante!—Y repetía la
frase con creciente animación, un poco trastornadoya.
—Bien, serás lo que quieras; hijo, amante, lo que se te antoje; perojúrame que es
puro tu amor, que no hay nada de vergonzoso en esa pasión,que no intentarás nada
para profanar este lazo que ha de unir nuestrasdos almas para siempre.
El hijo del brigadier juró. Su amor era ideal; una ardiente adoración.Confesaba que
al principio no había pensado más que en el amor vulgar;pero ahora, al sondar los
inefables misterios que encerraba el alma dela generala, al comprender que su corazón
estaba virgen y puro, aladivinar en ella un ser superior, todos sus groseros
pensamientos sehabían apartado como lava impura; sólo quedaba el oro sin mezcla de
unapasión grande y elevada.
Y ambos disertaron mucho rato, acerca de la naturaleza de su amor, y seextasiaron
en recíproca admiración de sus almas. No; ellos nopertenecían a la sociedad en que
vivían, eran de otra pasta, estabancriados para los grandes sentimientos, para la vida
del corazón.
—Tú eres poeta; tienes un espíritu superior; tú no puedes amarrealmente sino a una
mujer que te comprenda.
Miguel reconocía que era verdad; confesaba que hasta entonces no habíaamado; era
huérfano de padres y de amor, y ofrecía algunas de susextravagancias morbosas a la
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