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Riverita

alto y superior, que infundía respeto. Estasuperioridad se fue señalando cada vez más
con el trascurso del tiempo;los caminos que los dos amigos tomaron contribuyeron
poderosamente aello. Mientras D. Bernardo, por virtud de la riqueza heredada de
suspadres, comenzó desde muy joven a figurar en la sociedad madrileña y aser un
factor indispensable en los salones y teatros, Hojeda veíasenecesitado a seguir la
modesta carrera de farmacéutico y a abrir botica,una vez terminada, en la calle de
Fuencarral. Aunque su amistad, merceda estas circunstancias, parecía bastante
dispuesta a entibiarse por loque tocaba a la parte de D. Bernardo, los esfuerzos de
Hojeda no loconsintieron. Todos los momentos que la farmacia le dejaba
libre,aprovechábalos para correr a casa de su amigo y prestarle cualquierservicio que
estuviese a su alcance: era tan bueno, tan cariñosote, tanrespetuoso, que apesar de la
distancia que los separaba y que elboticario se complacía en reconocer, D. Bernardo
condescendiómagnánimamente a tratarle, a dejar que le acompañase en el paseo y
hastaa dar alguna que otra vez una vuelta por la botica y jugar allí untresillo. No es
posible figurarse la profunda gratitud que el bueno deHojeda guardaba a su amigo por
estas mercedes. Había permanecidocélibe, y gracias a sus economías, consiguió
formar en algunos años uncapitalito, cuyas rentas debían ir acumulándose a él, porque
lo mismogastaba hoy que el día en que abrió al público su farmacia. No podíanser
más sencillas sus costumbres: habitaba un cuartito bajo detrás de latienda en
compañía del mancebo y una cocinera vieja que arreglaba susfugaces refacciones: dos
o tres veces por semana comía en casa deRivera, y una que otra se autorizaba el lujo
de entrar en unrestaurant y engullirse un cubierto de diez reales; jamás iba alteatro,
pero tenía dos pasiones decididas, los toros y los sermones, lascuales procuraba
ocultar porque entendía que la primera era unaflaqueza, y dejar ver la segunda
acusaba vanidad o jactancia. De nadahuía D. Facundo como de esto último; jamás le
había oído nadievanagloriarse de cosa alguna ni hablar siquiera de sus asuntos, con
talque de la conversación resultase él en buen lugar por cualquierconcepto; su reserva
era proverbial en casa de Rivera y en las demás quefrecuentaba, que no eran muchas;
esta cualidad, en vez de respeto,inspiraba risa a sus amigos, los cuales se complacían
en mortificarlehaciéndole preguntas referentes a su vida y negocios, y hasta
leespiaban los pasos para decir después en plena tertulia lo que habíahecho, dónde
había entrado, con quién le habían visto hablar, etcétera.Lo que esto molestaba a
Hojeda no es decible: al principio se turbaba yle venían los colores a la cara; más
adelante, cuando advirtió que erabroma, se negaba a contestar al impertinente,
limitándose a alzar loshombros en señal de resignación o a masticar alguna frase de
disgusto.Por lo demás, su candor rayaba en lo inverosímil: cualquier disparate,por
grande que fuese, con tal que se lo dijesen en serio, lo creía; nole entraba en la cabeza
que una persona de años y de carácter seatreviese a decir delante de gente una patraña
por sólo el placer deembromar a un amigo; no obstante, tanto abusaron de las
mentiras con él,que andando el tiempo llegó a no creer siquiera las verdades, o
pormejor decir, éstas eran las que se le atravesaban con más frecuencia.
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