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Riverita

mostraba en toda su violencia y a cada hora del día con su hijaJulia. No podía hacer la
pobre niña nada, fuese tuerto o derecho, quemereciese su aprobación; era un ordenar
constante de la mañana a lanoche, primero una cosa, después otra, a menudo cosas
contrarias, loque producía disgustos, conflictos y escenas ruidosas. Julia
teníaocupados todos los minutos del día; cinco horas de piano, dos debordado, dos de
estudio, etc. Por nada en el mundo podía infringirseeste régimen despótico: la menor
infracción costaba muchas lágrimas. Sipor impaciencia, o arrastrada de su genio vivo
y desenfadado, contestabaalguna cosa que oliese de cien leguas a falta de respeto, ya
podíaprepararse: la brigadiera se erguía como una fiera, la llenaba deinsultos, y
olvidándose a menudo de lo que debía a su propia dignidad, yapesar de los años de
Julita, la pellizcaba cruelmente, la abofeteaba yla tiraba de los cabellos:—«¡A su
madre no se contesta jamás; seobedece y se calla, aunque no tenga razón!»—Eran las
palabras quesiempre salían de su boca en casos tales. La brigadiera tenía de lapatria
potestad la misma idea que los romanos; no había límites paraella. Cuando se
efectuaba alguna de estas escenas, y por desgracia erandemasiado frecuentes, siempre
concluían del mismo modo: Julita se iba allorar la reprensión, los pellizcos o las
bofetadas a su cuarto; sumadre no volvía a hablar con ella, ni a dirigirle siquiera una
mirada:para que hubiese reconciliación, era necesario que Julia fuese a ponersede
rodillas delante de ella, y cruzadas las manos en el pecho, comoestaba acostumbrada
desde niña, la pidiese perdón. Sólo así lograbaentrar en su gracia.
Poco tiempo después de haberse trasladado Miguel, fue testigo de una delas más
repugnantes escenas de este género. Cuando terminó con el pianouna mañana, Julita
se fue al comedor, y motu propio, por su extremadainclinación al aseo, sacó toda la
vajilla de los armarios y se puso alimpiarla esmeradamente y a colocarla de nuevo en
su sitio. Empleó en latarea mucho más tiempo de lo que había imaginado: cuando
tornó algabinete donde su madre se hallaba, ésta le preguntó con la
asperezaacostumbrada si había cosido un vestido que se le había roto el díaanterior.
—Todavía no—contestó Julita tranquilamente.
—¿Y qué te has hecho toda la mañana? ¡holgazana! ¡más queholgazana!—exclamó
la brigadiera con ira.
Julia, que estaba muy ufana de su labor y que pensaba dar una sorpresaagradable a
su madre, le dijo riendo:
—¿Mamá, tiene V. vergüenza para llamarme holgazana?
Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin oír más, se lanzó sobre ella,la cogió por
un brazo y la sacudió tan fuertemente, que la chica perdióel equilibrio y cayó al suelo,
dando con la cabeza sobre un pie delpiano: lanzó un grito y se llevó la mano a la
cabeza, de donde corríaun hilo de sangre. La brigadiera, terriblemente asustada, pálida
comouna muerta, se arrodilló cerca de su hija, la incorporó, y empezó abesarla
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