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Riverita

Una vez en la calle, Utrilla se mostró mucho menos locuaz. Miguel se vioprecisado,
para sostener la conversación, a hacerle preguntas a lascuales contestaba cada vez con
más concisión. Al poco rato se detuvorepentinamente y manifestó que no se sentía
nada bien. Decir esto yarrimarse a un portal y echar los hígados por la boca, fue todo
uno.
—¿Le habrá hecho a V. daño el cigarro?—le preguntó Miguel.
—¡Cá, no señor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que medieron
estaría malo.
—Sin embargo, el cigarro... V. escupía mucho...
—No señor, no; estoy acostumbrado.
Viéndole aún bastante pálido y desfallecido, Miguel llamó a un coche depunto, le
hizo subir a él y le condujo a su casa, situada en la calledel Sacramento. El cadete,
apesar de su mal estado, quería descoyuntarsedándole las gracias.
FIN DEL TOMO I
RIVERITA
NOVELA DE COSTUMBRES
POR
ARMANDO PALACIO VALDÉS
MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ
Libertad, 16 duplicado
1886
TOMO II
I
Miguel no fue tan feliz como había imaginado viviendo con su madrastra.Aunque
Julita le proporcionaba con su alegría infantil y cándido donairegratísimos momentos,
estaban amargamente compensados éstos por elmalestar que le producía el carácter
rígido, inflexible, de labrigadiera. Este carácter no tenía ocasión de manifestarse con
él,porque evitaba escrupulosamente todo motivo de choque o disgusto; perose
 
 
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