Not a member?     Existing members login below:

Riverita

delmilitar; hoy aquí, mañana allí, unas veces con mucho dinero, otras vecessin una
peseta.
—¿De modo, que a V. le gustaría viajar, conocer países?
—Sí, señor, muchísimo; yo soy un hombre muy especial en eso.
—¿Y qué necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? ¿No se puedeviajar de
paisano?
—Claro; habiendo dinero... Pero a mí me gusta viajar de cierto modo;estando en un
pueblo quince días, en otro un mes... y luego que siendouno militar, en todas partes se
le recibe con los brazos abiertos... Laschicas se mueren por el uniforme... ¡Es una
tontería, porsupuesto!—añadió sonriendo y dejando bien traslucir que no la tenía
portal, sino por una prueba grande de sabiduría.—Mire V., a mí no me gustael
uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros días, me lo poníacon
entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Además, como uno tiene quesaludar a todos
los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!...
El cadete siguió todavía bastante rato hablando de sí mismo con voz debajo
profundo, contándole cien mil cosas que no le importaban nada, yafirmando a cada
instante que era un hombre muy especial. Miguel nopodía adivinar en qué consistía
esta especialidad, como no fuese en lanuez, que, en efecto, cada vez le parecía más
especial. Observó tambiénque estaba un poco más pálido que al principio, lo cual le
movió apreguntarle por dos veces si se sentía mal, pero el cadete afirmórotundamente
que se encontraba admirablemente. No obstante, allá a loúltimo, se puso en pie,
confesando que la atmósfera del café estaba algopesada y que sería bueno dar una
vueltecita entre calles, a lo cualaccedió muy gustoso su compañero.
Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero éste, sea porquejuzgase a
Miguel con más edad y carácter para el caso o por otra causaque no es fácil adivinar,
rechazó el dinero que el cadete le ponía en lamano y tomó la moneda que aquél le
ofrecía. ¡Aquí fue Troya! El cadetese indignó con esta acción, de un modo indecible,
se puso aún más pálidode lo que estaba, echó tres o cuatro ternos redondos con la voz
máscavernosa que halló entre sus registros, y amenazó con estrangular almozo acto
continuo. Esfuerzos inauditos costó a Miguel sosegarle, ysolamente lo consiguió con
la promesa de que vendría otro día a tomarcualquier cosa para que él la pagase.
Apesar de esto salió del cafétaciturno y sombrío; aquello de que Miguel hubiese
pagado siendo élquien le invitara, parecíale el colmo de la humillación. Todavía
cuandoiba en dirección a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvió doso tres
veces para lanzar una mirada de desafío al mozo, que ya estabasirviendo a otros
parroquianos sin hacer caso.
Remove