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Quilito

Agapo no era, así como así, un tipo cualquiera, sino, un
atorrante deraza, que había seguido la carrera por sus pasos
contados, y conquistadoel título a fuerza de contracción y
desvelo, favorecido, es verdad, porsu vocación a tan honroso
oficio y sus excepcionales facultades.Matriculado, cuando niño,
en una banda de pilluelos de barrio, sin elfreno de la autoridad
paterna, porque no tenía padres y no hacía caso desus hermanos,
libre como un pájaro y celoso de su independencia; con elsucio
pantalón doblado sobre la rodilla y la camisa desteñida
asomandopor los fondillos, un sombrero agujereado sobre la
rubia cabeza,recorría las calles de su parroquia, entretenido en
jugar a los cobresen la acera, darse de mojicones con los
compañeros y decir desvergüenzasa las señoras; no había
bautizo en que él no tomara parte, esperando ala comitiva en el
atrio de la iglesia para llamar pelao al padrino, niescándalo
callejero en que no estuviera, como espectador de primerafila.
Parecióle muy pronto estrecho el campo de sus operaciones
yextendió su radio hasta el Bajo; allí entre las toscas y bajo
lossauces, se daban batallas a pedradas y rara era la vez que no
sacabaalguno de la banda soberbia magulladura. Como el dinero
escaseaba encasa y cada vez que se presentaba Agapo, era
recibido con una lección desolfeo, no se atrevía él a ir y pasaba
los días vagando, comiendonaranjas o un pedazo de pan duro,
mojado en el cocido de algunalavandera caritativa; a veces, por
ganar algo, hacía changas en elmuelle, llevando la maleta de
algún viajero o vendía periódicos yfósforos, pero,
decididamente, no servía él para el trabajo; un día lellevaron a la
comisaría por desorden, y ya aprendió el camino, de talmodo,
que rara era la noche que no dormía en duro banco, en compañía
deborrachos y ladrones. Se familiarizó con su jerga, adquirió
amistadesvergonzosas, aprendió a beber y a jugar, pero no cayó
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