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Quilito

honorarios, para lo cual había habidonecesidad de vender las
propiedades, como lo sabían muy bien. Hablabacon voz
campanuda, muy despacio, sin mirar a Pablo Aquiles, mudo
delantede él. Vino Casilda, y con aire digno se sentó, sin saludar
a su cuñado.Entonces desenrolló éste el paquete que traía y puso
delante de los ojosde ambos muchos garabatos y números, que
él descifraba con negligencia;luego sacó de su cartera un mazo
de billetes, que contó: veinte milpesos, diez mil para cada uno y
diez mil que había recibido Gregoria;él, a pesar de sus trabajos
en la testamentaría, del derecho que leasignaba la ley,
renunciaba generosamente al cobro de sus haberes.¿Querían
conservar las cuentas para examinarlas despacio?
Maquinalmente,Pablo Aquiles y Casilda dijeron con la cabeza
que no. Firmado elcorrespondiente recibo, Esteven recogió sus
papeles y sin añadirpalabra, salió como había entrado. ¿Quién
reconocería en aquel personajetan finchado, al tenedorcillo de
libros de marras?
—¿Te convences ahora?—dijo Casilda mirando tristemente
los billetesdejados sobre la consola.
Pablo Aquiles bajó la cabeza y suspiró.
Y él, que nunca había servido para nada, se vió obligado a
buscar unempleo fácil, para ayuda de gastos. ¡Qué disgustos
pasó antes delograrlo! Con su pequeño sueldo y la escasa renta
que les habían dejado,no le faltaría pan a su hijo. En medio de
todas sus desdichas, sólo lequedó una ilusión y una esperanza:
Quilito.
Tales son los antecedentes que he conseguido reunir, acerca de
lasfamilias de Vargas y Esteven.
III
 
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