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Quilito

ledaba dolor y vergüenza. Habíale entrado un
descorazonamiento tal, queno salía, llorando a solas en su
cuarto, cuando el cuidado de la enfermano la ocupaba.
Pilar murió un mes más tarde; su vida se apagó dulcemente en
brazos dePablo y de Casilda, después de besar al pequeño
Aquiles, o Quilito, comoella le decía. Ni Bernardino ni Gregoria
asistieron a sus últimosmomentos, aunque se les mandó recado
de su gravedad; ni se mostraron enel entierro ni en los funerales,
probando con esta actitud su propósitode no verse más, de
romper para siempre toda relación.
Golpes fueron éstos, que acabaron de anonadar a Pablo
Aquiles. Unabogado vino a verle un día, de parte de Esteven,
para que firmaraciertos documentos que eran indispensables
para la terminación de latestamentaría, y él firmó y firmó
también Casilda, al pie del nombre deGregoria, estampado el
suyo con segura mano; deseosos ambos de concluirde una vez,
sin protesta, porque no tenían ya fuerza para seguir lalucha.
Cuando aparecieron en la ruinosa fachada de la casa paterna
loscartelones anunciando, en letra muy gorda, la subasta, Pablo
Aquiles yCasilda comprendieron que había que marcharse;
buscaron una casa pequeñay modesta, recogieron lo poco que
quiso dejarles Gregoria, y salieronambos del hogar de sus
padres, como tristes desterrados.
La visita de Bernardino Esteven es digna de ser contada. Se
presentó enla nueva casa correctamente vestido de negro, serio y
grave, con unrollo de papeles en la mano; Casilda no quería
recibirle, pero Pablo,más conciliador, le hizo pasar a la sala y
allí, inclinándose conafectación de académico, declaró que iba a
rendir cuentas del albaceazgoy a entregar lo que en la partición
había correspondido a los herederos,después de pagar deudas y
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