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Quilito

vibran,y por último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la
Catedral, enmedio de los acordes graves y solemnes del himno
nacional, precedido,rodeado y seguido de brillante cortejo.
Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de
lananuevo, los centavos que le diera el patrón para la rifa,
cuandoalguien la llamó.
—¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer
azúcar delalmacén y limpiar el espejo de la sala, que está
perdido de moscas.
Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de
salvaje,no desbastada aún. Y las medias quedaron lavadas, y se
trajo el azúcar yse limpió el espejo; pero, entonces, faltaron
fósforos y hubo que ponerun remiendo.
En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la
humedadtrazaba verdosos arabescos en la pared sin cal,
trabajaba la chicafebrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía
de la cocina abierta,donde una genovesa cerril movía espátulas y
zarandeaba cacerolas,envuelta en el humo espeso del asado, que
chirriaba sobre las parrillas;en las habitaciones altas, las del
niño, se oía el chasquido delcepillo.
—¡Pampa!—chilló allá arriba una voz atiplada.
Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió
disparado delas alturas y, rebotando contra los peldaños de la
escalera, vino a caeren medio del patio.
—¡Voy, niño, voy!—- dijo la india sin asustarse, como
acostumbrada aaquella singular forma de llamamiento.
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