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Quilito

—¿Qué dices, Casilda, qué dices? no te entiendo; hablas de un
modo...
—Verás: Quilito, entre otras deudas, debe treinta mil
nacionales:¡figúrate! treinta mil nacionales, a un prestamista,
que ya estuvo hoy acobrarlos el muy sinvergüenza, porque hoy
vencía el plazo... ahí tienes,¿cómo deja el Gobierno andar
sueltos a estos pícaros, que así engañan yestafan a niños sin
responsabilidad? Porque estoy segura que de esa sumaQuilito
apenas habrá tomado diez mil, y el resto será los intereses
delusurero... sobre esto había yo de escribir un remetido... ese
pagaré nodebiera ser válido, ¿verdad? naturalmente. Pues,
Quilito, sin darsecuenta de lo que hacía, con tal de que el
prestamista le diera lo quenecesitaba, ofreció la garantía, ¿de
quién te parece? ¡de Esteven!¿comprendes ahora? ¿no? está bien
claro, Pablo; dijo Esteven comohubiera dicho cualquier otro
nombre conocido en el comercio...
—No está claro—exclamó don Pablo Aquiles, que iba
perdiendo el color yla calma,—ningún prestamista da sin una
firma de garantía, si lapersona no le inspira la suficiente
confianza, y no podía inspirárselaun niño de teta como esa
desgraciada criatura; ¿has visto tú la firma deEsteven en el
pagaré?
—No, la firma no—contestó la señora confusa y
embrollándose;—pero, enfin, yo no entiendo de esto; lo único
que puedo decirte es que si mañanano entregamos los treinta mil
nacionales, el prestamista, que tiene aEsteven por fiador de
Quilito, no sé por qué, irá a presentar a esehombre la letra
protestada: esta es la situación. Cuando yo lo supe,figúrate cómo
me pondría y qué de cosas le diría a ese mal aconsejadoniño,
porque, no tengas duda, le arrastran los amigotes, y Quilito
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