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Quilito

—Tranquilízate; Quilito está en su cuarto... Yo no quería darte
estedisgusto, me hubiera callado, pero se trata de algo tan grave,
tan graveque... mira, Pablo, no hay otro remedio, no lo hay,
aunque te rompas lacabeza buscándolo... Es una humillación
para nosotros, lo comprendo,pero, ¿qué hacer, cuando la honra y
la vida de Quilito están de pormedio? Si me ves así, Pablo, es
que voy... es que voy... a casa deEsteven.
El rayo había caído, y sin embargo, don Pablo Aquiles vivía,
sentado ensu sillón, paseando sus ojos atónitos de misia Casilda,
inmóvil, a lascigüeñas de la pantalla, mudas confidentes de sus
cavilaciones, y enesta mirada parecía preguntarles qué era
aquello, qué significaba,aquello, porque él, francamente, no lo
comprendía...
IX
—Explícate, Casilda, explícate—dijo ansiosamente.—¿Estás
tú loca oestoy yo idiota?
Y misia Casilda habló, con esa incoherencia de las grandes
emociones.
—No, Pablo, es que aquí, en casa, sucede una cosa horrible,
unadesgracia inaudita... ¿ves? ya estoy llorando; no puedo
contenerme...tengo el cuerpo como si me hubieran dado de palos
y alguien se mehubiera paseado por encima luego... anoche no
he pegado mis ojos,cavilando, cavilando... pues, sucede, Pablo,
que Quilito, de él setrata, desgraciadamente, en ese juego
maldito de la Bolsa, ha perdido...no sé cuánto, mucho, y debe, y
no puede pagar y ese don Raimundo irámañana a casa de
Esteven, y esto no lo podemos consentir...
 
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