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Quilito

—He encontrado al oficial mayor en la calle; ¡qué casualidad!
y me hasorprendido, hija, porque no imaginaba yo que esto
sucedería: asómbrate,¡el ministro Ensene ha renunciado!
—¿De veras?
—De veras, parece mentira, ¿eh? pues, sí, señor, el hombro ha
caído, yvergonzosamente, como tenía que suceder; si le dejan un
día más en elMinisterio, se lleva hasta los clavos de las paredes.
Ahora sí que van aempezar a descubrirse las picardías, hija.
—Por mí, que se descubran; como no han de hacerle nada...
¡todavía sifuera, para atarle codo con codo y mandarle a
presidio! pero ya veráscomo echan tierra al asunto.
—De esta vez, ciertos son los toros: caído Eneene, la ruina de
Estevenes segura; ¿no ves que era el compadre que le sostenía?
Ahí decían queen la liquidación última de la Bolsa, de la que
Esteven salió tancomprometido, el ministro le había echado un
cable para salvarle, pero,lo que es ahora, el cable se ha roto y mi
hombre se hundirá y ¡lausDeo! que bien ganado se lo tiene.
—Pues yo no lo creo, Pablo, mientras no lo vea, no he de
creerlo...
Y cambiando de tono, temblándole la voz, añadió:
—Hablemos de otra cosa, Pablo, de algo muy grave.
Don Pablo la miró, y echó de ver entonces que había llorado,
que estabapálida y tenía los labios blancos.
—Habla, Casilda, me asustas, ¿qué pasa aquí? ¿dónde está
Quilito? ¿adónde ibas?
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