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Quilito

—Déjame en paz, Gregoria—decía cuando la mujer le
atosigabademasiado;—mira, hija, que es preciso convencerse
que ni uno ni otroestamos para estas cosas; el amor es gaje de la
juventud, y cuando setienen hijos con barbas, y canas y
reumatismo y chocheces y goteras portodos lados, empeñarse en
hacer los Faustos y las Margaritas esexponerse a desafinar y dar
fiasco.
—Pues, sin embargo, hay cada viejo...
—No te fíes, que es como la leña verde: no arde; mucho
chisporroteo ymucho humo, pero poca llama.
No quería misia Gregoria, a pesar de estas declaraciones, dar
su brazo atorcer. ¿Y cómo, si en su larga vida de casada, nunca
había visto aEsteven salir más a menudo, entrar más tarde, andar
más preocupado, mássin sosiego, más sin sueño, que esta vez?
Ella no se chupaba el dedo;nada de política ni de negocios, un
diablo con faldas estaba de pormedio. Hasta se le figuraba
conocer a aquella picaronaza: el pelo colorde zanahoria, última
novedad; los ojos pintados con pábilo de vela;colorete y muchos
polvos en la cara, y un olor a pacholí, tan fuerte,que hacía
estornudar. El día aquel de la sarracina en la Bolsa, quellegó don
Bernardino derechito a meterse en cama, misia Gregoria, porlas
dudas, le echó una buena rociada: ¿con que venía así,
tandescompuesto y pálido, a causa de la liquidación? ¡ah,
farsante! algunaagarrada con la rubia esa.
Pasó dos días don Bernardino en cama, quejándose de dolores
en losriñones, en la nuca y sobre todo en la cabeza; decía que
por allí dentrole andaba una docena de demonios, dándole
patadas en los sesos ymartillazos en las sienes. Misia Gregoria,
instalada en la cabecera, levigilaba, no fuera a lo mejor a
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