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Quilito

Se ahogaba. La joven desabrochó su corpiño, la hizo aire con
el abanico.Y misia Gregoria desmayó su cabeza sobre el seno de
su hija, bajo elcual se abrigaba la traidora carta del odiado
vástago de los Vargas.
VII
Lo ocurrido aquella mañana en la casa, a que se había referido
Susana ensu conversación con el filósofo, fué lo siguiente:
Que misia Gregoria, escamadísima con el teje maneje que se
traía sumarido, provocó una explicación, que degeneró en
tormenta, a causa de loque se dirá después. Hay que repetirlo:
misia Gregoria estaba enamoradade don Bernardino, y esto, a
los veintitantos años de casada, en que seha tenido tiempo
suficiente para ver el revés y el derecho del carácter,y conocer la
urdimbre de la persona como las propias manos, es muy dignode
respeto y alabanza. Misia Gregoria creía que cuando Esteven
andabapor la calle, las miradas femeninas le seguían y le salían
al encuentroy le provocaban; no veía, ¡qué había de ver! que el
horno no estaba pararosquillas, es decir, que don Bernardino,
rechoncho, pelado y teñido,con patas de gallo en los ojos y los
carrillos caídos, no era digno deser mirado por su linda cara,
sino es por sus muchos monises. Y si estono lo veía, tan a la
vista estaba, menos había de ver que ella,deformada por la
obesidad, vieja y fea, no podía representarairosamente escenitas
de celos, con mucho puchero y mucho remilgo.Porque la verdad
es que los dos habían llegado a la edad reglamentaria,en que es
forzoso abandonar el servicio activo y entrar en la reserva; yde
esto parecía convencido don Bernardino, en quien la ambición
era lapasión dominante.
 
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