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Quilito

facilitando asíla realización de su magna empresa. Era Dios
quien lo había hecho;¡alabado sea Dios!
Pero misia Gregoria no participaba de esta conformidad;
cuando serepuso, apretando el pañuelo sobre los ojos hinchados,
contó la historiade la desgracia. El ciclón desencadenado sobre
la Bolsa había arrastradotodo, casas, tierras, depósitos
bancarios... así, en un santiamén...¡todo, todo! Lo único puesto
en salvo era la estancia, que lesserviría de asilo. Y ella había
sentido venir la catástrofe; el corazónse lo decía.
—No te metas, Bernardino, en la Bolsa, mira por aquí, mira
por allí.Bernardino, vigila a ese niño, que no tiene experiencia,
que no sabe pordónde anda; el socio es bueno, pero el mal
ejemplo de los demás, el tuyosobre todo, va a perderle.
Bernardino esto, Bernardino aquéllo.
Y nada, erre que erre. Estaban ciegos, locos. Hoy mismo,
agobiado por laespantosa desgracia, en la calle, sin fortuna y sin
crédito, sosteníaque no, que la culpa no era de él, que la cosa
había sucedido sin sabercómo, inopinadamente, por sorpresa o
mala suerte, pero que estaba en locierto al asegurar que, lo que
la Bolsa quita, la Bolsa vuelve a darlo.¡Ay, Dios mío! ¡Dios
mío!
Gimió sin consuelo, largo rato. Y de pronto exclamó,
enderezándose en elsillón:
—Lo que a mí me subleva, me ahoga, me mata, me quita el
sueño, elapetito, la vida, es que ellos van a reírse, van a burlarse,
van agozar de nuestra desgracia. Si me parece ver a esa harpía
de Casilda, aese hambriento de Pablo Aquiles... ¡Ay! ¡no, yo no
podré soportarlo, no,no!
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