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Quilito

de los pagos, y todo era tirar de lacuerda, y esforzarse en hacerla
llegar hasta el extremo adonde llegardebía, pero la cuerda no
daba más de sí y se rebelaba contra laviolencia, amenazando
romperse; Rocchio decía, melancólicamente, que supresupuesto
parecía el del Gobierno; que para una gotera que se tapa,ciento
se abren, de tanto manotazo y dentellada que sufre al cabo
delaño.
Se sentó, pues, aniquilado y con un humor de todos los
diablos; era díade liquidación y todavía uno que le plantaba en
medio del arroyo, sinpresentarle sus excusas siquiera, con una
grosería verdaderamenteirritante. Otros, al confesar su
insolvencia, invocan el nombre sagradode la familia, piden
plazos, ofrecen una satisfacción probable,entregando su crédito
en rehenes, en medio de las lamentaciones en quesu dignidad,
herida por la desgracia, estalla; pero éste, unfalsificador de
votos, gran matachín de elecciones, actor principal entodos los
enjuagues políticos y picardigüelas de su parroquia, títulostodos
que le facilitaron la entrada al Congreso y le aseguraban
elascenso a la primera poltrona ministerial vacante, le había
dado con lapuerta en las narices, acompañando la acción con
estas palabras:
—Déjeme usted en paz; ¡qué gringo más impertinente y más
j...! No tengodinero, ¿quiere que vaya a robarlo a los caminos?
En viendo a Rocchio, cualquiera se imaginaría que a aquel
corpachón deelefante, correspondía un carácter de avasalladora
energía, y que, siaquellos puños de gladiador, eran manejados
por un genio violento eirascible, el acceso a la temible fiera era
tan difícil como peligroso.Pues bien: en Rocchio todo era
apariencia; incapaz de matar una mosca,su espíritu conciliador
acogía a todos con la misma sonrisa, sincuidarse de los rasguños
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