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Quilito

corren son entonces ciertos, y el opulento personaje estáherido
de muerte cuando acude al recurso supremo del portugués...
Parécele escuchar el estrépito de su casa que se derrumba, la
casaEsteven y Compañía, y no quiere darse vuelta, de temor de
no podersoportar el espectáculo de la catástrofe.
La luz roja llega y míster Robert sube al tranvía. Se sienta y
abandonala cabeza sobre el pecho; va con más frío que nunca,
con más tristezaque nunca, porque ha creído sentir ahora, como
en otro tiempo, la férreamano del agio sobre su brazo robusto de
trabajador.
V
Rocchio se sentó, al fin, aniquilado. El trajín que llevaba desde
por lamañana, era suficiente para quebrar la fibra de un
individuo más bientemplado, si podía haberlo, que aquel italiano
atlético, cuadrado, conlas crines erizadas, cuya voz era un
rugido; tan brusco en sus maneras,que un buenas tardes de su
boca hacía el efecto de un escopetazo aquema ropa, y un apretón
de manos producía la sensación de arrancar elbrazo, a tirones,
brutalmente. Trabajador, eso sí, como una mula decarga, y
ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de
sudía comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del
mes, que élestiraba cual si fuera de goma elástica, a fin de cubrir
sus escasasnecesidades, porque él aseguraba venirle la sábana
corta para suspiernas tan largas.
Con esto, de tan mala sombra, que siempre estaba a la cuarta
pregunta, yhabía que creerle; no se dió nunca quiebra en que él
no estuvieramezclado, ni colega fugado que no le
comprometiera, ni deudor que no leengañara. Así, venía la hora
 
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