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Quilito

lado de la plaza,también obscuro y silencioso, como la Bolsa. Al
pasar, Agapo le mostrólos puños.
Y mientras él se alejaba, en la esquina de la Catedral aparecía,
elhonrado y pacífico míster Robert, en busca de su tranvía, el de
la luzroja; el día ha sido malo, el trabajo rudo y piensa con
delicia en elhogar, donde va a encontrar el descanso del cuerpo
y del espíritu. Pasala luz verde, la azul, la anaranjada, pero la
roja no se columbratodavía. La espera, mirando hacia el río, y su
pensamiento, entretanto,vuela al escritorio que acaba de
abandonar, abre el libro mayor, yverifica las cifras amontonadas
al pie de cada hoja. Es evidente; lacasa se hundirá, como
edificio de cartón, a pesar de toda suinteligencia, de toda su
probidad y de todo su cuidado: no hayequilibrio entre las
entradas y las salidas. Los gastos son enormes, losdeudores
numerosos, y las operaciones que se malogran, por falta
deconfianza o de oportunidad, incalculables. ¡Ese Jacintito!
Nunca fué unsocio de consejo, y pronto dejará de ser un socio
de dinero, porque elcapital está ya comprometido; cada jugada
de Bolsa del atolondrado jovenes un golpe de azada para la casa,
que descubre ya sus poco seguroscimientos. Es cierto, que ahí
está don Bernardino Esteven, pero malosvientos soplan también
de ese lado; la fortuna de don Bernardino estáanémica, dicen, y
su caída no es sino cuestión de tiempo.¡Perfectamente!
Míster Robert suspira y sigue andando; al tocar el límite de
laescalinata del templo, ve, cerca de la última columna, dos
hombres quehablan en la sombra: uno es alto y grueso y está de
cara a la calle; elotro lleva un levitón color de café y da la
espalda. Míster Robert lesreconoce y siente dolorosa angustia.
¡El rico Esteven en conciliábulocon el prestamista don
Raimundo! aquello sí que no es una visión. Losrumores que
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