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Plick y Plock

Tan pronto, virando en redondo y cubriéndose repentinamente debanderolas y
paveses de mil colores, corría al encuentro de susperseguidores. Estos se separaban
inmediatamente para tomarla entre dosfuegos, y se precipitaban activamente al
combate. Pero la tartana, comouna coqueta, inconstante y caprichosa, reanudaba su
rumbo primitivo, y ala velocidad de todo su velamen, iba a sumergirse en las oleadas
de luzque abrazaban la atmósfera, desesperando así a los honrados guardacostasque se
apuntaban un nuevo fracaso. En fin, después de dar numerosaspruebas de su
superioridad maniobrera y de marcha y fatigar a lasescampavías, conseguía
arrastrarlas bien lejos del lugar donde el gitanocontaba llevar a cabo su desembarco.
Porque la maldita tartana cumplió tan bien sus instrucciones, que poco apoco el
vapor fue velando a las tres embarcaciones que se hundieron enla bruma y
desaparecieron cuando el sol no arrojaba ya más que unaclaridad sombría y rojiza, y
las estrellas comenzaban a brillar.
En aquel momento, el gitano, inclinado sobre la borda de su tartana,escuchaba con
oído atento un ruido cadencioso que resonaba pesadamentecomo el paso de muchos
caballos.
—¡Ellos son, por fin!—exclamó.
V
L A B L A S F E M I A
¿No eres, pues, más que un fraile llorón?
J. JANIN, Confesión.
No se podía descender de la cima de la montaña de la Torre, más que porun sendero
estrecho tallado en la roca, que daba una serie de rodeos. Lapendiente del camino era
casi menos rápida, pero se necesitaba muchotiempo para llegar hasta la playa.
A la entrada de este sendero apareció un hombre a caballo, al que sedistinguía
difícilmente a la pálida luz del crepúsculo; se detuvo depronto, pareció conferenciar
con algunos de sus compañeros, sin dudaocultos entre los áloes, y después arrojó al
aire un cigarrilloencendido que describió una ligera faja de fuego.
Cuando la misma señal hubo partido de la tartana, aquel hombre continuósu marcha
seguido de una docena de españoles, también a caballo, queavanzaron con precaución
por entre las numerosas rampas de aquel difícilcamino. Los unos llevaban sombrero,
los otros una redecilla o un simplepañuelo de colores vivos cuyos extremos flotaban
sobre sus hombros; perotodos tenían el color atezado, los ragos duramente
característicos y elaspecto poco tranquilizador que distingue a los contrabandistas
detierra que operan en el litoral andaluz. Sus caballos iban cargados condos anchos
cofres cubiertos de una tela alquitranada, de una ligerezaextraordinaria, pero tan
 
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