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Plick y Plock

—¡Bah!—dijo Grano de Sal—, un poco más, un poco menos, es igual. Yoestoy
bien contento de haber abandonado el oficio con lo que tengo y dehaberme comprado
un quechemarín para el cabotaje. Pero desde que no veoal pobre señor Kernok, parece
que me falta algo.
—A propósito—dijo el señor Durand—, creo que se acerca la hora de lamisa que
hacemos decir en San Juan a ese pobre viejo.
Grano de Sal sacó un reloj lo menos de una pulgada de grueso.
—Tiene usted razón, señor Durand, son las diez.
Después, alargándole el reloj, atado con cuidado a una larga cadena deacero
reforzada con un cordón negro:
—Vea, ¿lo reconoce usted?—dijo al maestro.
—¡Si lo reconozco!... es el que el pobre Zeli me dio para que te loentregase el día
del combate de El Gavilán contra la corbeta. ¡PobreZeli! Aun le veo, tendiéndome la
mano y diciéndome: «¡Toma!... esto espara Grano de Sal... Adiós... viejo... no te
olvides». ¡Voto atal!—dijo el viejo emocionado—, esto me da más pena ahora, cada
vezque me acuerdo, que en el momento en que ocurrió. ¡Pobre Zeli!
Y la cabeza del señor Durand cayó entre sus manos callosas y arrugadas.
Grano de Sal parecía absorto en un doloroso recuerdo mirando su reloj.
—Son cinco litros de vino y una botella de aguardiente—dijo elposadero, con su
gorra en la mano, e inquieto de la prolongadapermanencia de los dos marinos.
—Lo que sobre para ti—dijo Grano de Sal arrojándole una moneda de oro.
Y dando el brazo al viejo Durand, se encaminó con él hacia la capilla deSan Juan.
XIV
L A M I S A D E D I F U N T O S
...Golpea
los
aires
como
el
toque
funesto
Que
pide
a
los
vivos
las
primas
para
los
muertos
Cuando
un
frío
ataúd
es
lo
único
que
queda
De
la
que
sonrió
a
nuestros
primeros
esfuerzos.
S. DELAUNAY, «Ob. inéditas».
Figuraos una ensenada entre dos montañas, en la cual una multitud
deembarcaciones bretonas, de velas rojas y cuadradas, han abordado varandosobre un
hermoso fondo de arena de una blancura deslumbrante.
 
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