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Plick y Plock

cabellos negros, se esforzará enelogiarte aún la calidad superior de su grog, el
perfume de su tabacoy sus platos apetitosos...
—Que me trague diez brazas de cable, si toco esta suma; ¡es la partede mi
madre!...—dirás cerrando con rapidez el largo bolsillo de cuero.
¡Ahora vas a embarcarte de nuevo! ¡ahora te esperan una valientefragata y una
disciplina severa!...—¡Larga velas! ¡arría velas!¡Arriba, abajo! ¡Galleta dura, agua
corrompida y algún vergazo si noandas listo!...
Y bien, ¡qué importa! él se encamina a su flotante casa cantando, sinuna
lamentación, sin un suspiro. Durante esos ocho días tanbrillantemente coloreados por
placeres sin número, ha hecho unaprovisión de recuerdos para los dos años que pasará
en el mar. Durantelas largas noches insomnes, se acordará de sus goces uno a uno;
seaislará del presente hundiéndose en sus pensamientos; encontrará en elfondo de su
alma no sé qué perfume de vino, qué sonrisa de mujer, quévagos reflejos del tiempo
pasado que le harán olvidar la aflictivarealidad.
Tal es ese pueblo, esencialmente bueno, pero uniendo a la altivez de unescocés la
ingenua bondad de un bretón; doblando pacientemente laespalda ante un puñetazo,
pero dando una puñalada por una mirada,pasando de la extrema alegría al extremo
disgusto, pero sin perder nadade la vivacidad de estos dos sentimientos. A bordo, con
una alegríadulce y melancólica, con una imaginación ardiente alimentada sin cesarpor
una vida sedentaria y por relatos cuya grosera poesía no carece deoriginalidad ni de
grandiosidad, ¡ser complejo, múltiple, en fin!viviendo de anomalías y de oposiciones,
pero, por encima de todo,impregnando su vida entera de una despreocupada e irónica
intrepidez,que no le abandona nunca a pesar de todos los peligros corridos, despuésde
tantos años de una existencia que no es otra cosa que un largopeligro.
Ya lo hemos dicho, Cooper, en sus admirables novelas, ha pintado a esehombre de
una manera tan amplia como pintoresca. Ha excitado vivamentela curiosidad, el
interés por costumbres cuyos detalles contrastanrudamente con los de nuestra vida
ciudadana. Pero, desgraciadamente, laenergía, la finura del original, se debilitan casi
siempre en latraducción. En francés, ese estilo queda despojado de su
nerviosaconcisión. Así, y todo, podemos admirar los grandes rasgos quecaracterizan a
ese talento verdaderamente nuevo; pero los matices, elcolor local, la preciosa
ingenuidad de los idiomas, escapan a los que nopueden leer en inglés esas páginas
maravillosas.
Sin embargo, nosotros creemos que si uno de nuestros talentos de primerorden, que
si Víctor Hugo, de Vigny, Janin, Merimée, Nodier, Balzac, P.L. Jacob, Delatouche,
etc., quisieran cambiar un año de su vidaestudiosa por un año de existencia marítima,
e intentasen entoncesaplicar su potencia, su riqueza de ejecución a la pintura del
mar,tendríamos ciertamente una gloria literaria más. Y, ¿por qué Lamartineno ha de
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