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Plick y Plock

—¡Balas! ¡santo Dios, qué cañonazos! si vais tan de prisa durante uncuarto de hora,
las gargantas de nuestros cañones se secarán pronto.Tomad, hijos míos, y cuidadlas
bien, son las últimas.
Entonces el señor Durand abandonó el saco de artillero para tomar elmartillo del
calafate, y se precipitó hacia la bodega para tapar la víade agua.
—¡Voto a tal! sufro mucho—decía el maestro Zeli.
Estaba tendido en tierra en el fondo del sollado, iluminado apenas porun farol
cuidadosamente cerrado; el muslo derecho estaba casi separadodel tronco; en cuanto
al izquierdo, una bala se lo había llevado.
A su alrededor gemían otros heridos, confundidos todos sobre el suelo,esperando
que el señor Durand pudiese abandonar el martillo por elcuchillo.
—¡Voto a tal! tengo sed—continuó el maestro Zeli—; me siento débil;apenas si
oigo hablar nuestros cañones; ¿es que están constipados?
Al contrario, las andanadas eran más fuertes y más frecuentes que nunca;lo que
ocurría es que el oído del maestro Zeli estaba ya debilitado porla proximidad de la
muerte.
—¡Oh! tengo sed—dijo—y frío, ¡yo que tanto calor tenía hace unmomento!
Después, volviéndose a un compañero:
—Fíjate tú, polaco, ¿es que quieres quedarte tieso como ese que tienesal lado? ¡Oh!
¡el cochino! ¡qué feo es! ¡Toma! ahora pone los ojos enblanco.
Era uno que expiraba en las últimas convulsiones de la agonía.
—Durand, ¿vendrás de una vez?—gritó de nuevo Zeli—; ven a ver mipierna, viejo
mío.
—Al instante estoy para ti; otro martillazo nada más, y la avería quetenemos en la
línea de flotación habrá desaparecido del todo... Bueno,ya te ha llegado el turno; ¿es
que no somos cuñados?
—Sí, un poco—respondió Zeli.
El señor Durand descolgó el farol y lo aproximó al maestro Zeli queesbozó una
entre mueca y sonrisa, muy orgulloso de la sorpresa que iba adar a Durand.
—¡Toma!—dijo el cirujano-calafate-artillero—, ¿dónde está tu otrapierna, farsante?
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