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Plick y Plock

todo, besaba una reliquia confervor siempre creciente, y murmuraba: «San Pablo, ora
pro nobis...»
Pero San Pablo ¡ay! no se daba por entendido.
—Acaba con tus monerías, viejo cuervo—dijo Kernok cuando hubo acabadode
reír—, y llévame a tu nido.
—Señor, no entiendo—respondió temblando el desgraciado capitán.
—¡Ah! es verdad—dijo Kernok—; tú no entiendes el francés.
Y como Kernok poseía de todas las lenguas vivientes justamente aquelloque se
relacionaba y era necesario a su profesión, repusosocarronamente:
El dinero, compadre.
El español intentó balbucear aún un no entiendo.
Pero Kernok que había agotado todos sus recursos oratorios, reemplazó eldiálogo
por la pantomima y le puso bajo la nariz el cañón de su pistola.
A esta invitación, el capitán lanzó un profundo, un doloroso, undesgarrador suspiro,
e hizo signo al pirata de que le siguiese.
En cuanto al resto de la tripulación, los marineros del brick los habíanagarrotado
para que no les estorbasen en sus operaciones.
La entrada del local, donde estaba depositado el dinero de don Carlos,se encontraba
bajo la estera que cubría el piso. De modo que Kernok sevio obligado a pasar por la
habitación donde yacían los restossangrientos de los dos esposos. El pobre capitán
apartó la vista y sepuso la mano sobre los ojos.
—¡Toma!—dijo Kernok dándole con el pie al cadáver—; ésta es la obrade Melia.
¡Pardiez! ¡hermosa labor! ¡Ah!... pero el dinero... eldinero, compadre, eso es lo
importante.
Abrieron el pañol; entonces Kernok estuvo a punto de desmayarse a lavista de
centenares de toneles con aros de hierro, sobre cada uno de loscuales se leía: Veinte
mil piastras (cincuenta mil francos).
—¡Es posible!—exclamó—. ¡Cuatro, cinco... quizá diez millones!
Y en su alegría, abrazaba al segundo, abrazaba a los marineros, abrazabaal capitán
español, abrazaba a todo el mundo, hasta los cadáveresensangrentados de Carlos y de
Anita.
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